Por un internet que respete los derechos de la infancia

Si hay un discurso público que haya crecido como la espuma en los últimos años es el de los peligros que Internet supone para la infancia. Cuando se aborda el tema, el enfoque generalizado radica en proteger de estos peligros desde la evitación, y eso con frecuencia conduce a querer prohibir que los menores accedan a productos y servicios digitales, o a que se encarguen las plataformas de controlar los contenidos que suben los usuarios. Pero hay varios matices importantes, siendo el fundamental la necesidad de entender que los menores tienen derechos, y que esos derechos se aplican también al mundo digital. Derecho a ser protegidos de lo dañino, sí, pero también derecho al ocio, el aprendizaje o la socialización, aspectos todos ellos que, nos guste o no, tienen hoy por hoy una vertiente digital.

De dónde venimos

En el ámbito social y cada vez más también en el ámbito privado de las familias, la preocupación sobre los peligros de Internet se relaciona especialmente con cinco elementos: el tiempo, los contenidos, el algoritmo, el daño y la privacidad. Sobre los cuatro primeros se informa constantemente y son los que más ‘calan’ entre las familias. Que los niños pasen mucho tiempo delante de las pantallas es peligroso. Que los niños vean cosas que por edad no deberían ver es peligroso. Que las plataformas diseñen sus servicios para tener a los niños ‘atrapados’ en una vida menos real que la real es peligroso. Preocupa y mucho, finalmente, que algo o alguien haga daño a nuestros niños. Un desconocido, un amigo no tan amigo, un algoritmo, un reto, un influencer… Todos estos peligros están ahí, son ciertos e innegables. También es cierto que correr un riesgo no implica siempre experimentar un daño. Pero en todo caso, Internet no es sitio para niños si no hay alguien cerca para poner límites, acompañar experiencias, ofrecer contexto.

El quinto elemento de los ‘peligros de Internet’, el de la privacidad, ha empezado a protagonizar la conversación de forma más reciente. Cuesta sensibilizar a la población porque incluso los adultos son poco conscientes de cómo se utilizan sus datos, qué son sus datos, cómo se protegen sus datos, etcétera.

Internet
Imagen de Brand Factory.

Dónde estamos

En este Día de Internet, y en relación con la infancia, podríamos intentar abrir la mirada y valorar cómo acompañar a los menores en su vida digital desde una perspectiva que no sea solo de evitar peligros, sino de respetar derechos. Insisto: su derecho a ser protegidos y también su derecho, como ciudadanos de esta sociedad digital en construcción, a acceder, aprender, participar, relacionarse o entretenerse con tecnología.

Los derechos de la infancia comienzan con la Convención ad-hoc de Naciones Unidas y con su implementación digital, expuesta en la Observación Nº 25 del Comité de Derechos de la Infancia. Esta Observación fue fruto de un proceso de consultas de tres años, en el que participaron gobiernos de 40 países, cientos de organizaciones y empresas, 50 expertos de 28 países y más de 700 niñas, niños y adolescentes de todo el mundo, que pudieron expresar sus preocupaciones e ideas. La publicación de esta observación fue el punto de partida para que diferentes actores se impliquen activamente en el desarrollo de medidas de prevención y educación dirigidas tanto a menores, educadores y sociedad en general, y mecanismos legislativos y políticas públicas que promuevan la protección de la infancia en el entorno digital, teniendo en cuenta riesgos, retos pero también oportunidades que la tecnología conlleva, para garantizar el ejercicio de los derechos de niños y adolescentes en Red.  

La tecnología digital es parte de la vida cotidiana de niños y niñas. Acceder a dispositivos o entornos no es una opción, sino un aspecto crucial en su desarrollo. Con mayor o menor acompañamiento, límites, mentorización o restricción, utilizan tecnología digital como canal de ocio, socialización o aprendizaje. Podemos debatir sobre tiempo, distracción, uso problemático, conducta… Podemos también ser conscientes de que muchos de esos espacios digitales se rigen por modelos de negocio basados en la recopilación de información, con el fin de monetizar y acaparar atención y datos personales. En la enorme mayoría de los casos, los niños son invisibles en el mundo digital, pese a ser uno de los colectivos de población que más utiliza la tecnología. Con la inminente llegada de experiencias inmersivas e inteligencia artificial de acceso abierto, entre otras innovaciones, es más importante que nunca abordar la construcción de una sociedad digital cuyos productos y servicios incorporen y tengan en cuenta las necesidades y los derechos de la infancia.

¿Quién tiene que velar por que se cumplan esos derechos? Las tecnológicas, claro. Pero también gobiernos, sector público, empresas, familias, centros escolares, ONGs, etc. Todos y cada uno de nosotros.

Hacia dónde vamos

Fuente: Digital Futures Commission, 5 Rights Foundation.

Para algunos, la forma de proteger a los menores de los peligros de Internet es prohibir el acceso a Internet. Para otros, la opción es exigir a plataformas y a prestadores de servicios digitales que se encarguen ellos de garantizar que solo los mayores de edad accedan a contenidos, o que apliquen medidas para saber si un usuario es menor o mayor de edad. Para algunos la solución son nuevas leyes. Para otros la solución es la educación en valores.

Uno de los baluartes a la hora de cumplir con el objetivo de respetar los derechos (digitales) de los menores es el concepto de ‘Derechos de la Infancia-por diseño’. Siguiendo la estela de otras iniciativas encaminadas a potenciar que los productos y servicios digitales respeten la privacidad desde su mismo diseño (privacy-by-design), este Child Rights-By-Design establece recomendaciones prácticas para diseñadores y desarrolladores de productos o servicios digitales, responsables de UX, CEOs, profesionales de ámbito legal, político o estratégico en compañías tecnológicas, gestores públicos, tercer sector… La Digital Futures Commission y la 5 Rights Foundation, por ejemplo, han elaborado unas guías a partir del trabajo colaborativo de numerosos expertos, con 11 principios de diseño (infografía).

En estas recomendaciones se toman en consideración medidas dirigidas tanto a productos digitales diseñados para menores como a servicios digitales generales que por distintas razones los menores pueden terminar utilizando. Y se incluyen también productos y servicios digitales que, aunque no son directamente utilizados por niños y niñas, influyen en ellos de manera indirecta -cámaras en espacios públicos, sistemas escolares de información y gestión, bases de datos sanitarios o herramientas de control parental, por ejemplo-.

El trabajo internacional en torno a este Child Rights-by-Design es uno de los caminos. A él podemos añadir el etiquetado de contenidos, la auto-regulación de las plataformas, la aplicación eficaz de la normativa vigente, las tecnologías de verificación de edad o el recurso de la identificación electrónica vía terceros -que confirme identidad del usuario sin violar la protección de sus datos-. Y, por supuesto, la educación en familia y escuela, la formación en competencias…

El caso es: ¿hablaremos de todo esto pensando solo en proteger a los menores, para que no les pase nada malo? ¿O lo haremos pensando en respetar sus derechos y favorecer que accedan al mundo digital, de manera gradual, con autonomía progresiva, como ciudadanos de facto de la sociedad?  Velar por el cumplimiento de los derechos de niños y adolescentes en el acceso a la tecnología debe ser la hoja de ruta, con el compromiso de todos.

Para que exista un Internet que respete los derechos de la infancia, primero tenemos que entender (y respetar) esos derechos todos los demás.

Imagen de Brand Factory.

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