¿Puede una seta componer música? La respuesta no es la que crees

Un colectivo de Manchester ha conseguido que una seta parezca tocar el piano. Conectan el hongo a unos sensores, convierten sus señales eléctricas en notas y unos brazos robóticos golpean las teclas al ritmo de esa electricidad. El vídeo se ha hecho viral, pero lo que ocurre por dentro tiene poco que ver con una seta con oído musical: es una traducción artística de un fenómeno biológico real y bastante más discreto de lo que sugiere el titular.

Lo que se ve en el vídeo

Detrás del proyecto está Bionic and the Wires, un colectivo de arte y música de Manchester. Lo fundaron en 2023 Jon Ross y Andy Kidd, y sus vídeos ya superan los 50 millones de visualizaciones.

Su método siempre es el mismo. Colocan sensores sobre una seta o una planta y traducen sus señales eléctricas en música. Esos datos activan unos brazos robóticos que golpean teclas de piano o tambores. La melodía parece salir del hongo, pero en realidad la produce la máquina que lo interpreta.

El proyecto se ha hecho tan popular que medios como NPR, RTÉ u Outside se han interesado por él. Lo que engancha no es solo el sonido, sino la idea de que un hongo pueda hacer música. Esa idea tiene un matiz importante, y es justo lo que la complica.

Lo que mide realmente el sensor

Jon Ross, cofundador del proyecto, ha explicado en varias entrevistas cómo funciona el sistema por dentro, y su versión es bastante más modesta que la que sugiere el vídeo. Lo que detectan no son pensamientos ni señales del sistema nervioso, porque los hongos no tienen ninguno de los dos. Lo que miden es una simple variación de conductividad eléctrica en la superficie del organismo.

Esa conductividad cambia todo el rato por motivos muy terrenales: la luz que recibe la seta, la humedad del ambiente, la temperatura de la sala. El sensor capta esos cambios y los convierte en datos que después se transforman en notas musicales. Ross lo resume así: sonifican el estado de ánimo de la planta o la seta, no descodifican un sistema nervioso.

Esta técnica no es nueva. Es el mismo principio que usan aparatos como PlantWave o MIDI Sprout, pensados para convertir la actividad eléctrica de las plantas en sonido ambiental. Y ese principio, a su vez, viene de mucho más atrás: del polígrafo, el detector de mentiras, que mide exactamente el mismo tipo de conductividad, pero en la piel humana.

Entender esto no le quita interés al proyecto. Al contrario: cambia la pregunta que merece la pena hacerse. En lugar de preguntar si un hongo puede sentir el ritmo, la pregunta interesante es qué sabe realmente la ciencia sobre la electricidad que recorre estos organismos.

Lo que sí sabe la ciencia sobre la electricidad de los hongos

Aunque Bionic and the Wires no mide directamente la actividad del micelio, esa actividad existe y sí se ha estudiado en serio. El micelio es la parte del hongo que no se ve: mientras la seta que asoma sobre la tierra es solo su estructura reproductiva, el resto del organismo vive bajo el suelo en forma de una red de filamentos finísimos por la que circulan agua, nutrientes y señales eléctricas.

El investigador que más ha trabajado en esto es Andrew Adamatzky, de la Universidad del Oeste de Inglaterra, en Bristol. Su equipo insertó electrodos en el micelio de varias especies y registró oscilaciones de voltaje con patrones distintos según la especie. Son señales muy distintas a las que capta un sensor de superficie: duran entre una y veintiuna horas, y su intensidad es tan baja que solo se detecta con instrumentos muy sensibles.

Adamatzky observó que estos impulsos tienden a agruparse en secuencias, como palabras formadas por distintos pulsos, hasta cincuenta combinaciones distintas. Eso le llevó a hablar de un posible «lenguaje» fúngico en su investigación, publicada en 2022.

Es un hallazgo llamativo, pero conviene no adelantar conclusiones. La duración de estas señales, de varias horas cada una, hace imposible que puedan traducirse en música con ritmo reconocible, como la del vídeo viral. Son dos fenómenos distintos, aunque partan de la misma base: la electricidad que atraviesa un organismo vivo.

Por qué hay debate sobre llamarlo «lenguaje»

La palabra «lenguaje» es la que más ha viajado de la investigación de Adamatzky, pero dentro de la comunidad científica no todo el mundo está de acuerdo con usarla. Dan Bebber, profesor de biociencias en la Universidad de Exeter, ha calificado esa interpretación de excesivamente entusiasta, y ha señalado que haría falta mucha más investigación antes de hablar de un idioma fúngico propiamente dicho.

La duda de fondo es esta: ¿esas señales eléctricas comunican algo, o son simplemente el efecto secundario de un proceso biológico sin ninguna intención detrás? Un artículo científico publicado poco después planteó justo eso, y apuntó a que buena parte de la actividad registrada podría deberse a ruido experimental más que a una señal con significado.

Incluso el propio Adamatzky ha reconocido esa posibilidad. Explicó que los extremos del micelio están cargados eléctricamente, así que cuando esos extremos pasan cerca de los electrodos, se registra un pico de voltaje sin que eso implique necesariamente ningún tipo de comunicación. Dicho de otro modo: la seta podría no estar diciendo nada.

Esto no invalida el hallazgo, pero sí lo sitúa en su sitio. La electricidad fúngica es real y merece estudiarse. Que sea un lenguaje, en el sentido en que lo entendemos los humanos, es harina de otro costal.

Para qué sirve esto más allá del arte

Mientras el debate sobre el «lenguaje» sigue abierto, hay equipos investigando aplicaciones más concretas. El proyecto europeo FUNGAR, exploró usar micelio vivo dentro de edificios como sensor natural, capaz de reaccionar a la luz, la humedad o la presencia de contaminantes.

En Ohio, un equipo fue un paso más allá y convirtió setas shiitake deshidratadas en un componente electrónico llamado memristor, que sirve para almacenar información. La idea es usar organismos vivos como base de dispositivos electrónicos más sostenibles.

Ninguna de estas aplicaciones está cerca de sustituir nada a corto plazo. Son experimentos que exploran una posibilidad todavía en pañales, pero parten de la misma electricidad discreta que hace bailar unos brazos robóticos en un vídeo viral.

Lo que queda cuando se apaga la música

Que la seta no esté componiendo no le resta interés a lo que ha pasado. Al contrario: hace falta electricidad real, medible, para que ese vídeo exista, y esa electricidad forma parte de un campo de estudio que todavía tiene mucho que explicar. La próxima vez que un titular prometa que la naturaleza ha aprendido a hacer algo humano, merece la pena preguntarse qué hay exactamente detrás del cable. A veces la respuesta es menos mágica de lo que parece, y aun así sigue mereciendo la pena contarla.


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