Convertirse en madre no es solo un cambio de rutinas ni una cuestión emocional. Según explica Susana Carmona, psicóloga y doctora en neurociencias, a Mejor Conectados, una iniciativa de Telefónica, la maternidad implica una transformación profunda que tiene una base biológica real y medible. Muchas mujeres sienten que su identidad se tambalea tras el nacimiento de un hijo, y la ciencia confirma que esa sensación no es imaginaria: el cerebro está cambiando.
Desde el grupo de investigación NeuroMaternal, que dirige en el Hospital Gregorio Marañón, Susana Carmona estudia cómo el embarazo y el posparto son etapas de enorme plasticidad cerebral. Es decir, momentos en los que el cerebro se reorganiza de forma intensa. Comprender este proceso ayuda a muchas madres a dejar de juzgarse con dureza cuando se sienten desorientadas, sensibles o distintas a como eran antes.
A este proceso se le llama matrescencia, un término recuperado por Carmona y que fue acuñado en los años 70 por la antropóloga Dana Raphael. La matrescencia describe la transición hacia la maternidad como una etapa de desarrollo, comparable a la adolescencia. Igual que en esa fase juvenil, hay cambios hormonales, emocionales, sociales y también cerebrales. Es, en palabras de la investigadora, una etapa de “desorganización” necesaria para construir una nueva identidad.
Uno de los mitos más extendidos es que el embarazo “empeora” el cerebro. Muchas mujeres hablan de olvidos o de la conocida sensación de “mente nublada”. Sin embargo, Susana Carmona aclara que no se trata de una pérdida de capacidad, sino de una reorganización. Parte de estos cambios se producen en la llamada Red por defecto, un conjunto de regiones cerebrales relacionadas con la identidad, la reflexión interna y la comprensión de los demás. Durante la gestación, esta red se ajusta para incluir al bebé dentro de la representación mental de la propia madre. El vínculo empieza también en el cerebro.
Este vínculo no es solo simbólico. Las investigaciones muestran que, en la interacción temprana, madre y bebé se sincronizan a varios niveles: en la actividad cerebral, en el ritmo cardíaco e incluso en la regulación hormonal. Esta conexión biológica facilita que el adulto detecte las necesidades del bebé y responda con rapidez. No se trata de magia ni de perfección, sino de un sistema de ajuste continuo.
Más allá del “instinto”: cerebro, vínculo y apoyo social
Cuando se habla de maternidad, surge inevitablemente la idea del “instinto maternal”. Susana Carmona propone matizar este concepto. No es un conocimiento automático sobre cómo hacer cada cosa, sino más bien una motivación profunda hacia el cuidado y la conexión. La biología puede facilitar ese impulso, pero la forma concreta de criar depende del entorno cultural y social.
Además, la neurociencia desmonta la idea de que solo la madre biológica puede establecer ese vínculo. Padres, madres adoptivas, abuelos u otros cuidadores también pueden desarrollar conexiones igual de sólidas. El cerebro de quienes cuidan se transforma con la experiencia: cuanto más implicado está un adulto en la atención diaria, más se activan las redes neuronales relacionadas con la empatía y la sensibilidad social. El cuidado también moldea el cerebro.

Susana Carmona insiste en que el desarrollo del vínculo no es responsabilidad exclusiva de la madre. El contexto es clave. Factores como la duración de la baja, el apoyo de la pareja, la red familiar o incluso el entorno urbano influyen en cómo se vive esta etapa. Por eso, cargar todo el peso sobre una sola persona no solo es injusto, sino científicamente inexacto.
Uno de los riesgos más importantes en la maternidad actual es el aislamiento. La evidencia muestra que la falta de apoyo social tiene un impacto en la salud comparable al de factores como el tabaquismo o la hipertensión. Muchas mujeres atraviesan esta etapa sintiéndose solas, mientras reciben mensajes centrados en el consumo y no en la conexión real.
Frente a esto, Carmona recuerda una idea sencilla pero poderosa: la crianza humana nunca estuvo pensada para hacerse en solitario. Hace falta una red que sostenga no solo al bebé, sino también a quien cuida. Entender la maternidad desde la neurociencia no es quitarle humanidad, sino todo lo contrario: es reconocer que madres y padres atraviesan una transformación profunda y que necesitan acompañamiento, no exigencia constante.
La divulgación de Susana Carmona ayuda a poner palabras y base científica a experiencias que muchas mujeres viven en silencio. Saber que el cerebro cambia, que la identidad se reconfigura y que no todo depende de la fuerza de voluntad puede ser, para muchas madres, un primer paso hacia una vivencia más comprensiva y menos culpabilizadora de esta etapa.









