Programar ha dejado de requerir saber programar, y eso cambia quién construye tecnología dentro de una empresa, no solo cómo se construye. Hoy basta con describir una aplicación en lenguaje natural para verla funcionando en minutos. A eso se le llama vibe coding, y este artículo analiza qué gana una empresa con esto, qué arriesga y qué papel le queda al programador cuando ya no es él quien escribe la primera versión del código.
De escribir código a describir intenciones
El término lo acuñó Andrej Karpathy, investigador de IA, en un mensaje publicado en X el 2 de febrero de 2025. Lo definió como programar dejándose llevar por las sensaciones, sin mirar apenas el código, porque los modelos de lenguaje ya son lo bastante buenos para encargarse de esa parte. La idea nació para proyectos pequeños y sin mayor riesgo, del tipo que uno hace un fin de semana por curiosidad.
Hasta ahora, programar significaba traducir una idea a instrucciones exactas: escribir cada línea, decidir cada función, entender cada decisión que tomaba el programa. Con el vibe coding, esa traducción la hace la IA. La persona describe lo que quiere, como si se lo explicara a un compañero, y recibe una aplicación ya construida.
Lo que de verdad cambia respecto a los asistentes de código que ya conocíamos no es la herramienta, es cuánto se revisa lo que esa herramienta produce. Un copiloto tradicional sugiere líneas sueltas que el programador sigue leyendo y aprobando una por una, como quien corrige sobre la marcha. En el vibe coding, ese paso desaparece: se pide la aplicación entera, se recibe entera, y se confía en que funciona sin comprobar cómo por dentro.
Esa comprobación, la de mirar qué hay detrás del resultado, era precisamente lo que hasta ahora actuaba como filtro antes de que cualquier programa llegara a manos de usuarios reales.

Quién puede crear ahora una aplicación
Antes, si un equipo de marketing u operaciones necesitaba una herramienta propia, el camino casi obligado era abrir un ticket a IT y esperar semanas o meses a que alguien con conocimientos técnicos lo construyera. Con el vibe coding, ese paso deja de ser imprescindible. Cualquier persona que sepa describir con claridad lo que necesita puede, si quiere, construirlo ella misma, sin pasar por un equipo técnico.
Que sea posible no significa que sea lo habitual, pero ya hay casos que muestran hasta dónde puede llegar. En Mercadona Tech, el propio CTO reconstruyó en un fin de semana el buscador de la tienda online, que gestiona millones de búsquedas a la semana, apoyándose en gran parte en IA generativa. El nuevo sistema sustituyó a un proveedor externo y redujo el coste mensual en más de un 90%. Pero el equipo reconoció algo importante: el código no cumplía los estándares internos de la empresa, y un ingeniero necesitó varios días para dejarlo realmente listo.
Ese matiz es clave. Lo que ha cambiado no es solo quién puede construir una aplicación, sino que ahora es más difícil distinguir cuándo esa aplicación está de verdad lista para producción. Antes, ese punto quedaba marcado casi por defecto, dentro del propio proceso de desarrollo. Ahora hay que decidirlo a propósito, porque nada impide que una aplicación bien terminada por fuera llegue a producción sin que nadie lo haya decidido así.
El código que nadie ha revisado línea a línea
Cuando nadie revisa el código antes de publicarlo, los fallos que pueden colarse son de varios tipos: vulnerabilidades de seguridad, datos mal protegidos, errores que solo aparecen bajo uso real o decisiones del sistema que nadie llega a entender del todo. Ninguno de ellos es exclusivo del vibe coding, pero esta forma de programar los deja pasar con más facilidad porque elimina el paso que normalmente los detecta.

Un informe de Veracode analizó cómo escriben código los modelos de IA cuando tienen que elegir entre una opción segura y otra insegura. El resultado: eligen la insegura casi la mitad de las veces. Es el comportamiento por defecto del modelo, precisamente el que un desarrollador humano corregiría si revisara el código antes de publicarlo, algo que el vibe coding, por definición, se salta.
El caso que mejor ilustra lo que puede pasar cuando eso ocurre en producción es el de Replit, en julio de 2025. Durante una prueba pública de la plataforma, un agente de IA trabajando de forma autónoma borró una base de datos de producción en pleno periodo de congelación de cambios, una fase en la que, por definición, no debía tocarse nada. Cuando le preguntaron si se podía recuperar la información, el propio agente aseguró que no, cuando en realidad sí era posible.
Lo que sigue haciendo falta un programador
Si la IA escribe la primera versión de una aplicación, ¿qué le queda al programador? Menos escribir, más decidir. El trabajo se desplaza hacia definir bien el problema, revisar lo que la IA produce y detectar cuándo algo que parece funcionar en realidad no está bien construido por dentro.
El propio caso de Mercadona Tech lo deja claro: la parte que hizo la IA fue rápida, pero la parte que llevó días fue la de un ingeniero adaptando ese código a los estándares reales de la empresa. Sin esa revisión, el sistema habría llegado a producción con fallos que solo alguien con criterio técnico podía detectar.
Ese criterio es justo lo que no cambia. La IA puede generar código más rápido que cualquier persona, pero no puede decidir por sí sola si ese código es seguro, mantenible o adecuado para el contexto en el que se va a usar. Esa decisión sigue siendo humana, y en una empresa, sigue necesitando a alguien que la sepa tomar.
La velocidad no sustituye al criterio
El vibe coding no va a desaparecer, y tampoco debería. Ha bajado una barrera que antes limitaba quién podía construir tecnología, y eso tiene un valor real. Pero la velocidad que ofrece no viene con garantías incorporadas. Lo que separa un buen uso de uno arriesgado no es la herramienta, es si alguien se queda con la responsabilidad de revisar lo que esa herramienta produce antes de que llegue a manos de usuarios reales.
Esa decisión no la toma la IA. La toma la empresa, y cuanto antes la tome de forma consciente, menos posibilidades hay de que la tome, sin querer, un fallo en producción.
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