3 estereotipos que desmonta la serie Silicon Valley

Escrito por , 2 de agosto de 2016 a las 12:30
3 estereotipos que desmonta la serie Silicon Valley
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3 estereotipos que desmonta la serie Silicon Valley

Escrito por , 2 de agosto de 2016 a las 12:30

Los estereotipos de Silicon Valley se ven reflejados y desatornillados sin piedad en la serie que ahora está disponible en Movistar+.

Silicon Valley se ha convertido en un mito contemporáneo. Esta región deslavazada compuesta por poblaciones dominadas económicamente por la presencia de grandes corporaciones del mundo de la tecnología simboliza el sueño americano moderno. La zona bulle de proyectos, emprendedores y startups que buscan la ansiada curva de crecimiento del ‘hockey stick’. Desde fuera el mundo parece estimulante, épico, pero las cosas nunca son lo que parecen desde la distancia.

La serie Silicon Valley, que se puede ver a través de Movistar+, muestra otra cara de este mundo donde nacen y mueren empresas, se derrocha y se genera dinero, todo a espuertas. La serie despedaza a ritmo de sátira este universo y los capítulos son máquinas de desmontar clichés. Uno de los elementos más sobresalientes son los personajes, que se cargan los estereotipos reinantes. Os dejamos con algunos de estos estereotipos desbaratados.

El inversor prudente

Todos tenemos en la cabeza a esa persona o ese fondo de inversión que calcula riesgos y no toma decisiones arbitrariamente. Cierto, los inversores buscan su propio beneficio y no siempre coincide con lo que los fundadores de las empresas tienen en mente. Pero las decisiones se toman con mesura, pese a lo arriesgadas que puedan ser.

En Silicon Valley (la serie, claro) aparecen varios inversores. Uno de ellos es Russ Hanneman y no tiene nada de prudente ni de mesurado. De hecho es la viva imagen de un loco. Se trata de un personaje exagerado y su función principal es provocar la carcajada, pero también esconde que los movimientos de los inversores a veces obedecen a intereses demasiado personales. En el caso de Russ cualquiera de sus caprichos se puede convertir en una decisión empresarial, como cuando anda obsesionado por volver a ser un ‘billionaire’.

El visionario

Este estereotipo es el de una persona con olfato para los negocios y con maña para saber qué cosas pueden funcionar y cuáles están destinadas a ser un fracaso. Donde otros no ven nada, la figura del visionario es capaz de mirar más allá y ver el valor de un producto. El visionario por antonomasia en Silicon Valley es Steve Jobs. El cofundador de Apple, hecho leyenda, que tuvo una idea genial, la sacó adelante, anduvo el camino del penitente y volvió de su destierro para rescatar a la compañía y convertirla en la empresa de tecnología más valiosa del mundo.

Erlich Bachman es el visionario de la serie. Al menos aspira a serlo. Solo tiene de Steve Jobs un jersey de cuello alto que se pone para las reuniones importantes. El resto es entusiasmo forzado y una fe ciega en sí mismo. Erlich se cree una especie de semidiós del mundillo de las startups porque en su momento creó una y la vendió. Pero lo cierto es que no tiene ojo para los negocios y su ego es un producto de ese empuje arrollador que destila Silicon Valley, que se contagia fácilmente y lleva a muchos a arrastrar hasta el final proyectos sin posibilidades de éxito a la espera de un giro genial de los acontecimientos.

El emprendedor

En nuestra mente el emprendedor aparece como una persona de acción. Ese hombre, porque solemos pensarlo en masculino, se mueve como pez en el agua en las competitivas arenas de Silicon Valley. Su proyecto es tan bueno, tan sin fisuras, que es capaz de dar solución a cualquier imprevisto y arrasar con sus respuestas las dudas de inversores y escépticos. Su liderazgo ni se cuestiona, por supuesto.

Richard Hendricks es el protagonista de la serie y el emprendedor. Es él quien tiene la idea del proyecto y empieza a programarla. En contra de lo estipulado normalmente para la figura del emprendedor, tal y como estaba definido su proyecto en un principio no valía nada, pero una de sus partes sí. Richard no se da cuenta hasta que no se lo dicen otros.

No es el héroe pagado de sí mismo con las ideas claras y un saco de frases tajantes para repartir. Se trata de un joven inseguro que tiene que aprenderlo todo y a quien le cuesta terriblemente tomar decisiones o enfrentarse a situaciones delicadas, como una reunión con inversores. Tanto como para que le entren ataques de pánico en el momento más inoportuno. Tampoco ofrece la típica imagen de genio de película, malabarista del ordenador, cuya genialidad está por encima de los acontecimientos. Si la situación está muy mal, no, no la podrá arreglar con un par de planos del actor concentrado en su ordenador.

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