Durante años, el imaginario colectivo ha asociado las altas capacidades intelectuales con la imagen del genio precoz: niños que destacan en todo, sacan sobresalientes sin esfuerzo y parecen destinados al éxito. Sin embargo, esa representación, alimentada por el cine y la cultura popular, dista mucho de la realidad. Tener altas capacidades no implica ser un “superdotado” en todos los casos ni garantiza una trayectoria académica o profesional brillante.
De hecho, sin un acompañamiento adecuado, puede convertirse en un camino lleno de incomprensión y dificultades. En España se estima que existen alrededor de cinco millones de personas con altas capacidades, pero solo el 0,47 % está diagnosticado. Una cifra que revela hasta qué punto este perfil sigue siendo invisible.
En una nueva entrega de Mejor Conectados, una iniciativa de Telefónica, conversamos con Jana Martínez-Piqueras, experta en desarrollo del talento y presidenta de Indifferent Minds Foundation, una entidad centrada en la identificación y el acompañamiento de personas con altas capacidades. También conocemos la historia de Jorge, que descubrió su perfil ya en la edad adulta. Dos miradas complementarias que ayudan a desmontar mitos y a entender que la inteligencia no es solo saber más, sino procesar y vivir el mundo de otra manera.

Cuando hablamos de inteligencia, solemos reducirla a un número: el coeficiente intelectual. Sin embargo, limitar las altas capacidades a una puntuación es ignorar la complejidad del funcionamiento cerebral. Como explica Jana Martínez-Piqueras, “tener altas capacidades no es tener superpoderes ni ser muy listo en el sentido popular del término”. Se trata, ante todo, de una neurodivergencia.
Esto significa que el cerebro de estas personas funciona de forma distinta. No mejor ni peor, sino diferente. Procesan la información, los estímulos y las emociones con mayor intensidad y profundidad. Jana lo resume así: es una manera distinta de pensar, sentir y aprender, con una percepción muy aguda tanto del entorno como de uno mismo.
El problema aparece cuando esta diferencia no se reconoce
Millones de niños y adultos crecen sin entender por qué se sienten fuera de lugar, por qué su mente no se detiene o por qué el sistema educativo no se adapta a su forma de aprender. Esa falta de diagnóstico puede derivar en frustración, baja autoestima o sensación de fracaso, cuando en realidad existe un potencial sin canalizar.
Uno de los rasgos más habituales en las altas capacidades es el pensamiento divergente. Frente al pensamiento convergente, más habitual en el sistema educativo tradicional y orientado a encontrar una única respuesta correcta, el pensamiento divergente conecta ideas, genera múltiples soluciones y aborda los problemas desde ángulos poco convencionales. Es la base de la creatividad y la innovación, pero también puede chocar con entornos rígidos.
Además, esta forma de pensar suele ir acompañada de una alta sensibilidad emocional y sensorial. No solo se piensa rápido, también se siente con intensidad. Sin comprensión y apoyo, esa intensidad puede convertirse en una carga difícil de gestionar.
La historia de Jorge ilustra bien esta realidad. Apasionado de la mecánica y los coches, hoy trabaja con karts y destaca por su capacidad para visualizar problemas técnicos y resolverlos con lógica. Sin embargo, su paso por el colegio estuvo marcado por el bloqueo y la incomprensión. Lejos de destacar académicamente, se quedaba en blanco en los exámenes y no encajaba en un modelo basado en la repetición.
Su caso no es excepcional. Muchos niños con altas capacidades fracasan escolarmente porque el sistema no responde a sus necesidades. La falta de retos, el aburrimiento y la desconexión acaban minando la motivación y el rendimiento.
Desde Indifferent Minds Foundation, Jana Martínez-Piqueras insiste en la importancia de la detección temprana y del acompañamiento adecuado. Entender la disincronía entre el desarrollo intelectual y emocional, fomentar las pasiones personales y ofrecer a las familias herramientas para comprender a sus hijos son claves para evitar el sufrimiento innecesario.

Las altas capacidades no necesitan moldes rígidos ni expectativas irreales. Necesitan espacios donde poder desarrollar su talento sin renunciar al bienestar emocional. Historias como la de Jorge recuerdan que el verdadero reto no es destacar, sino encontrar el lugar donde encajar siendo uno mismo.









