Cuando Nvidia se quedó fuera de China: el plan que nadie esperaba

Durante casi tres años, Estados Unidos fue cerrando la puerta a Nvidia en China poco a poco, restricción tras restricción. Lo curioso es que el golpe final no vino de Washington, sino de Pekín. China pasó de comprar a Nvidia casi todo lo que necesitaba a no comprarle prácticamente nada. Y ese cambio no llegó porque Estados Unidos lo impusiera, sino porque China decidió construir su propia salida, con un plan mucho más ambicioso de lo que parece a simple vista.

De recomendar a prohibir

Desde 2022, Washington fue restringiendo poco a poco qué chips de Nvidia podían venderse en China, apuntando primero a los modelos más potentes y luego a casi cualquier versión capaz de entrenar inteligencia artificial a gran escala. Cada vez que una versión quedaba prohibida, Nvidia respondía con otra algo más limitada, diseñada específicamente para no saltarse la nueva línea roja. Ese pulso funcionó durante un tiempo, porque aunque las prestaciones bajaran, China seguía comprando lo que Nvidia lograba ofrecerle.

Ese equilibrio se rompió en septiembre de 2025. El regulador chino de internet ordenó a gigantes como Alibaba y ByteDance cancelar de inmediato sus pedidos del último chip que Nvidia había preparado a medida para ellos. Antes, Pekín se había limitado a desaconsejar ciertas compras. Esta vez fue una orden directa, sin margen de negociación, y llegó justo cuando varias empresas ya habían anunciado que comprarían decenas de miles de unidades.

Detrás de la orden había un cambio de diagnóstico. Hasta entonces, China compraba a Nvidia porque sus propios chips todavía no estaban a la altura para las tareas más exigentes de inteligencia artificial. Los reguladores revisaron esa comparación y llegaron a una conclusión distinta: los chips de Huawei y otros fabricantes locales ya ofrecían un rendimiento suficiente para gran parte de esas tareas, así que mantener la compra de chips extranjeros dejaba de tener sentido estratégico. Nvidia explicó que una empresa solo puede vender en un mercado si ese mercado sigue queriendo comprarle a ella. Meses después, la propia compañía confirmó la magnitud del golpe con una cifra que se repite en cada análisis sobre el tema: de 95% a cero.

Un plan con dos frentes que se refuerzan entre sí

Lo que vino después no fue una reacción improvisada, sino la continuación de algo que China llevaba tiempo preparando en paralelo. En junio de 2026, Bloomberg reveló que el país prepara una inversión de unos 295.000 millones de dólares, repartidos en cinco años, para levantar una red nacional de centros de datos de inteligencia artificial. La condición para acceder a ese dinero público es explícita y deja poco espacio a la interpretación: al menos el 80% del hardware y el software empleado tiene que ser chino.

Ese umbral no prohíbe a Nvidia por decreto, pero en la práctica le deja un margen tan estrecho que equivale a quedar fuera del juego. Y esa inversión no actúa sola, porque viene acompañada de otra medida menos visible pero igual de decisiva: desde finales de 2025, los proyectos financiados con dinero estatal ya no pueden incorporar chips extranjeros, y algunos que estaban a medio construir tuvieron incluso que desmontar el hardware de Nvidia que ya tenían instalado. Entre la inversión que garantiza demanda y la prohibición que cierra la puerta trasera, el resultado es un mercado diseñado desde arriba para que los fabricantes chinos no tengan más remedio que crecer.

El efecto de estas dos medidas combinadas ya se nota en las cifras del día a día. Una encuesta reciente de Bloomberg Intelligence a sesenta ejecutivos chinos muestra que las empresas planean destinar el 46% de su presupuesto en chips de inteligencia artificial a proveedores nacionales durante el próximo año, frente al 30% que gastaban hasta ahora. El dinero, sencillamente, está cambiando de bolsillo, y lo está haciendo más rápido de lo que muchos analistas esperaban hace apenas un año.

Quién está llenando el hueco que deja Nvidia

Huawei es, con diferencia, quien más está aprovechando este vacío. Sus chips Ascend, que hace apenas un par de años se consideraban una alternativa modesta y poco fiable, hoy compiten de forma directa con los de Nvidia en buena parte de las tareas habituales de inteligencia artificial, sobre todo en aquellas donde no hace falta exprimir hasta el último punto de rendimiento. La compañía prevé duplicar su producción en 2026, y sus ingresos por este tipo de chips podrían crecer un 60% respecto al año anterior, una cifra que hace apenas dos años habría parecido optimista incluso para sus propios directivos.

Cambricon, mucho más pequeña, ha vivido una transformación todavía más llamativa: pasó de perder dinero de forma continuada a registrar beneficios récord, con ingresos que se han más que duplicado solo en el primer trimestre de este año. Alibaba y Baidu, mientras tanto, desarrollan sus propios procesadores desde hace tiempo, y Baidu ya tiene anunciadas nuevas generaciones de chips para 2026 y 2027, señal de que no se trata de un proyecto puntual sino de una apuesta a largo plazo.

El caso que más ha dado que hablar en las últimas semanas, sin embargo, es el de DeepSeek. La empresa que sorprendió al mundo hace poco más de un año con modelos de inteligencia artificial sorprendentemente eficientes está desarrollando ahora su propio chip, pensado para la inferencia, es decir, para la fase en la que un modelo ya entrenado responde a las preguntas de un usuario, y no para el entrenamiento de nuevos modelos, que es la parte más exigente y costosa de todo el proceso. El proyecto lleva cerca de un año en marcha, aunque sigue en una fase muy temprana, hasta el punto de que todavía no se sabe quién fabricará el chip ni cuándo estará listo.

Las grietas que conviene no pasar por alto

Ahora bien, no todo encaja tan bien como sugieren estas cifras, y aquí es donde el relato se vuelve más interesante. La propia DeepSeek intentó entrenar su modelo más reciente usando chips de Huawei, presionada precisamente para reducir su dependencia de Nvidia, y el resultado no fue el esperado. El rendimiento resultó inestable, la conexión entre chips era más lenta de lo necesario, y ni siquiera con ingenieros de Huawei trabajando sobre el terreno se logró completar un entrenamiento con garantías suficientes. Al final, la empresa volvió a Nvidia para esa fase concreta y reservó los chips chinos únicamente para la parte de responder a los usuarios, donde las exigencias son menores.

El obstáculo de fondo tiene nombre propio: CUDA, el software que Nvidia lleva casi dos décadas perfeccionando y que sigue siendo el estándar que usan la mayoría de los desarrolladores de inteligencia artificial en todo el mundo. Su equivalente chino es mucho más joven, bastante menos estable y sigue generando quejas entre quienes lo usan a diario, porque escribir software optimizado para un chip es un trabajo casi tan largo y delicado como diseñar el propio chip. A eso se suma una limitación física difícil de disimular con inversión: los chips más avanzados que fabrica China salen de líneas de producción menos precisas que las que usa Nvidia, y la memoria de alto rendimiento que necesitan para funcionar bien va varias generaciones por detrás de la que producen Corea del Sur o Estados Unidos.

Incluso dentro de China hay quien lo reconoce abiertamente. Varios directivos del sector han hablado de un retraso de entre cinco y diez años respecto al silicio más puntero del mundo. Y en diciembre de 2025, una empresa china que salía a bolsa admitió por escrito, para no incurrir en un delito de información engañosa ante sus futuros inversores, que el ecosistema construido por Nvidia a lo largo de los años no se supera con facilidad, por mucho dinero que se destine a intentarlo.

Una apuesta a largo plazo

Lo que queda claro, en cualquier caso, es que el objetivo de China no es superar a Nvidia en potencia pura, al menos no todavía. Es dejar de depender de una tecnología que otro país puede restringir de un día para otro por motivos que escapan a su control, aunque eso signifique trabajar, por ahora, con herramientas menos maduras y con más margen de error. Si esa apuesta compensa el coste a corto plazo es una pregunta que China ya ha decidido responder que sí, y el resto del mundo observa con atención cómo se resuelve.


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