El 1 de octubre despegó desde California un cohete de SpaceX con un satélite del tamaño de un frigorífico y, dentro, cuatro chips de inteligencia artificial de Google.
Es el primer paso de Project Suncatcher, el proyecto con el que Google quiere comprobar si tiene sentido llevar centros de datos a la órbita. El satélite no es todavía un centro de datos, sino una prueba, así que para saber en qué punto está la idea hay que mirar también a las demás empresas que compiten por lo mismo, a lo que ya se ha probado y a los problemas que siguen sin resolverse.
Por qué se mira hacia arriba
La razón principal es la electricidad. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron en 2024 unos 415 teravatios hora, alrededor del 1,5 % de la electricidad mundial, y su escenario base prevé que lleguen a casi 945 en 2030, cerca del 3 % del total. La inversión acompaña a ese crecimiento, y Google calcula que su gasto de capital en 2026 rondará entre 180.000 y 190.000 millones de dólares, más de seis veces el de 2022, según recoge NPR.
A la factura eléctrica se suma el rechazo de las comunidades que viven cerca de los nuevos centros, una batalla cada vez más intensa en zonas rurales de Estados Unidos según CNN, que explica en parte por qué las grandes tecnológicas empiezan a mirar a un lugar sin vecinos. Además, en una órbita heliosíncrona los paneles solares casi no pasan por la sombra, y Google estima que allí pueden producir hasta ocho veces más energía que en la Tierra. Con esas cuentas sobre la mesa, la idea ha pasado de ser una curiosidad de laboratorio a un asunto que ocupa a las mayores empresas del sector.

Quién compite ya
Detrás de todos estos proyectos hay la misma idea: en lugar de seguir construyendo centros de datos en la Tierra, que consumen mucha electricidad y ocupan mucho terreno, poner los chips en satélites que orbiten con paneles solares y hagan allí los cálculos. Los resultados volverían a la Tierra como cualquier otra comunicación por satélite. Con ese objetivo en común, lo que distingue a unas empresas de otras es lo cerca que están de lograrlo.
SpaceX es la más ambiciosa. Pidió a la FCC, el organismo estadounidense que autoriza los satélites, permiso para lanzar hasta un millón, y esa promesa pesó en su salida a bolsa de junio. Sus primeros satélites de IA podrían volar entre finales de 2027 y 2028, aunque por ahora son planes y no compromisos.
Starcloud es la que más ha avanzado, porque en noviembre de 2025 puso en órbita un satélite con una GPU de Nvidia, un chip diseñado para IA, y fue de las primeras en demostrar que ese tipo de hardware puede funcionar fuera de la Tierra. Otras dos compañías han presentado planes más ambiciosos. Una es Blue Origin, la empresa espacial de Jeff Bezos, y la otra Cowboy Space, fundada por Baiju Bhatt, cofundador de Robinhood, que ya ha enviado un satélite de pruebas en el mismo lanzamiento que el de Google. China también tiene los primeros satélites de su propia constelación de computación en órbita, con la intención de ampliarla mucho más.
Europa va por detrás y de momento se limita a estudiar si la idea es viable. Un proyecto liderado por la empresa Thales Alenia Space concluyó que se podría tener un gigavatio de capacidad en órbita antes de 2050, y la Agencia Espacial Europea celebrará en noviembre un foro para debatir el tema. El interés europeo tiene sentido si se mira el problema de partida, porque el consumo eléctrico de los centros de datos ya pesa mucho en el continente y, en Irlanda, llega al 23 % de toda la electricidad del país.

Qué se ha probado y qué no
Para que un centro de datos funcione en órbita tienen que salir bien varias cosas a la vez, y hasta ahora solo se han comprobado algunas por separado. Lo primero es que los chips aguanten el viaje y el entorno, y ahí Google ya ha dado un paso. Antes del lanzamiento sacudió el satélite para imitar el despegue y bombardeó sus chips con protones para simular la radiación espacial, que puede alterar los datos y estropear los componentes. Según la compañía, la memoria empezó a dar irregularidades con una dosis casi tres veces mayor que la prevista para cinco años de misión, y los chips no sufrieron fallos permanentes. Starcloud ya había mostrado en 2025 que una GPU puede funcionar en órbita, aunque se trató de una prueba mucho más pequeña.
Lo que el satélite de Google todavía no puede comprobar es cómo se comunican varios satélites entre sí. Un centro de datos real necesitaría muchos volando juntos y conectados por láser a gran velocidad, de modo que se comportaran como un único sistema, y con un solo satélite eso no se puede ensayar. Google lo deja para 2027, cuando prevé lanzar otros dos, y SpaceX también sitúa sus primeros satélites de IA en esa fecha.
Queda además un límite visible en el propio prototipo. El calor solo se elimina en el espacio por radiación, así que el satélite tiene que apagar los chips cada 15 o 20 minutos para no sobrecalentarse. Es una forma muy clara de ver que el reto, más que llegar a la órbita, es mantener allí el trabajo sin interrupciones.
Los problemas que siguen abiertos
Aunque la tecnología funcione, falta saber si la idea compensa. El primer obstáculo es el coste de lanzar el material, porque cada kilo que sube a órbita se paga caro. Google calcula que el precio podría bajar de los 200 dólares por kilo a mediados de la década de 2030, unas siete u ocho veces menos que ahora, y solo entonces la cuenta se acercaría a la de un centro de datos terrestre, aunque la propia compañía admite que no saldrá más barato en los próximos cinco años. A eso se suma que nadie puede reparar un satélite averiado y que mantener muchos juntos exige maniobras que gastan un combustible imposible de reponer, en una órbita cada vez más concurrida.

El segundo problema es el impacto ambiental, que choca con el motivo original de la idea. Los lanzamientos y la reentrada de los satélites generan emisiones, y según un investigador del instituto francés Inria, un centro orbital tendría que funcionar entre cinco y seis años para igualar las de uno terrestre de los más limpios. También preocupa el cielo nocturno, porque varios astrónomos advierten de que una constelación de ese tamaño dificultaría la observación del espacio.
Por eso las opiniones están divididas. Directivos de OpenAI y de Amazon Web Services han puesto en duda que sea realista esta década, mientras que otros expertos recuerdan que buena parte de la tecnología ya está probada en investigación y que los costes en la Tierra seguirán subiendo hasta que ambas curvas se crucen.
Una década de pruebas por delante
Los próximos pasos están bastante marcados. Durante este año Google recogerá datos de cómo aguantan sus chips en órbita, en 2027 llegarán los ensayos con varios satélites conectados entre sí y los primeros satélites de IA de SpaceX, y de ahí saldrá una idea más clara de si el modelo se sostiene. La propia Google sitúa su viabilidad económica a mediados de la década de 2030, así que el plazo es largo.
Eso no quita interés a lo que ocurre ahora. Lo que se está probando es si la computación puede seguir creciendo sin depender de la red eléctrica de la Tierra, y la pregunta de fondo no es tanto si habrá centros de datos en órbita como cuánto de lo prometido se confirma cuando llegue la hora de medirlo.
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