• 16 diciembre, 2020
  • 3 min

El próximo reto de Internet de las Cosas: transmitir genes a través de las máquinas

La tecnología brinda numerosas mejoras para la vida de las personas. Uno de los ámbitos con más potencial es el que estudia la inteligencia y autonomía de las máquinas, y también uno de los que, en el lado negativo, más alarma y desconcierto generan. Precisamente por sus diversas posibilidades.

Flagelos, receptores, ribosomas, mitocondrias, bacterias… Es muy posible que al escuchar estas palabras recuerdes las lecciones de Biología del colegio sobre los componentes de las células. Sin embargo, en este artículo no vamos a hablar de moléculas. O mejor dicho: no solo. Vamos a abordar su relación con la tecnología: el llamado “Bio-Internet de las Cosas”.

Viajamos a la Universidad Queen Mary de Londres, Reino Unido, para conocer el trabajo de dos investigadores: Rafael Kim y Stefan Paslad. Consideran que el futuro -y presente- pasa por unos pequeños dispositivos electrónicos, capaces de procesar información, almacenarla y transmitirla, al modo que hacen los organismos vivos.

genes

##Pero ¿es posible dar vida a estos aparatos, crear una versión biológica del Internet de las Cosas?

Porque aunque suene muy interesante, no es algo sencillo.

La bacteria en la que basan su hipótesis es la Escherichia Coli, sobre la que recientemente realizó un experimento Federico Tavella junto a otros compañeros de la Universidad de Padua, Italia. Construyeron un circuito en el que una cepa de esta bacteria transmitió un mensaje de “Hola mundo” a otra cepa móvil, que a su vez llevó la información a otro lugar.

El proceso se llama “conjugación” y es natural en el mundo bacteriano. Primero, reciben la información a través de las paredes celulares. La almacenan en estructuras de ADN en forma de anillo, llamados “plásmidos”, la procesan mediante ribosomas y la transmiten a otras bacterias, impulsados a unos apéndices ondulados que las permiten moverse y conectar con otros organismos.

Sin embargo, hasta ahora, un proceso como éste no se creía posible para dispositivos electrónicos. Kim y Paslad consideran que éste puede ser el principio de un campo aún poco explorado y del que esperan un gran potencial.

##Un gran potencial, pero muchos interrogantes por despejar

Esta es la parte más interesante para los investigadores. Se podrían **utilizar los pequeños dispositivos para mejorar la situación del medio ambiente y proponer soluciones ecológicas**. Por ejemplo, detectando toxinas contaminantes en el mar y, con esos datos, emprender procesos de biorremediación. Del mismo modo, se podrían utilizar para curar enfermedades. Esto sería posible programando los dispositivos y dirigiéndolos a un destino concreto del cuerpo humano. Al llegar a éste, podrían producir y liberar unas hormonas determinadas que beneficiarían al paciente.

De momento, son solo planes de futuro. Los científicos creen que sus beneficios pueden ser impresionantes, pero también indican que pueden convertirse en aparatos peligrosos, capaces, por ejemplo, de propagar enfermedades. A día de hoy, también sería imposible localizarlos y rastrear la información genética liberada en un organismo.

Como con todos los avances de la ciencia, no es un hecho positivo o negativo, sino que dependerá del uso que hagamos con ello. Aquí entraría en juego la cuestión de la ética.

¿Llegaremos a curar enfermedades gracias a pequeñas máquinas con tecnología inteligente? Estas preguntas no tienen respuesta hoy. Aunque, sin duda, el escenario que se abre es intrigante. Tendremos que esperar aún un poco para saber si los científicos “dotan de vida” a las pequeñas máquinas para transmitir genes o se queda en un ambicioso e incierto proyecto.

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