Children chess

Esos locos bajitos: inventores que cambiaron el mundo sin llegar a la veintena

Hay quien dice que Albert Einstein pronunció la famosa frase de que “un genio se componía de un 1% de inspiración y de un 99% de trabajo”. Y aunque su autoría no está confirmada, lo cierto es que dicha cita célebre resume muy bien cómo funciona el cerebro de un inventor.

Normalmente, estamos acostumbrados a que los grandes científicos e ingenieros realicen sus obras cuando ya han entrado en la época adulta. Suele sonar extraño, pero algunos de los grandes inventores no llegaban a los veinte años cuando realizaron sus mejores trabajos. Hoy os contamos la historia de algunos de estos jóvenes que regalaron sus ideas e invenciones al mundo.

Blaise Pascal, el inventor de la calculadora

Blaise Pascal nació en 1623 en Clermont, una pequeña ciudad situada en el centro de Francia. Cuando a su padre, magistrado, fue nombrado Comisario Real en Normandía, la familia al completo se trasladó a esta región francesa. Aunque completaría su formación y trabajaría como matemático, filósofo y físico, serían famosas sus contribuciones realizadas antes de cumplir los dieciocho años.

Y es que Pascal, a quien se atribuye la cita de que “aquel que dudaba y no investigaba, se tornaba no sólo infeliz, sino también injusto”, realizó importantes avances científicos. Pero siendo muy joven, fue capaz de crear lo que hoy se conoce como la primera calculadora, denominada en su honor Pascalina, que funcionaba a base de ruedas y engranajes. Hasta llegar al modelo definitivo, Blaise desarrolló más de 50 prototipos, aunque a lo largo de su vida construiría nueve versiones mejoradas de la misma.

Pascalina

Aquella primera máquina de cálculo es predecesora de los ordenadores de hoy en día. ¿Pero quién le iba a decir que su invención iba a dar tantas vueltas hasta llegar a la informática de nuestros días? Desde la Pascalina hasta el primer microprocesador de Intel de los años setenta pasaron casi 300 años, pero su ejemplo nos sirve hoy de inspiración.

Walter Lines y la primera scooter

El británico Walter Lines puede ser considerado como uno de esos ejemplos de emprendedores que buscan cambiar el mundo desde que son niños. Con solo catorce años fundó la empresa Triang Toys, una compañía británica que marcaría un antes y un después en la producción de juguetes en Reino Unido.

Pero su trabajo como inventor no se limita únicamente a la fundación de empresas relevantes, sino que un año después de iniciar su aventura emprendedora, Lines ideó la famosa scooter. El famoso vehículo motorizado de dos ruedas nunca fue patentado, ya que el padre de Walter pensó que no serviría para nada. Un error, como demostraría el paso del tiempo.

Louis Braille: leer con los dedos

Si hay una historia que nos toca la fibra sensible, esa es sin duda la que protagonizó este joven francés. Braille, que contaba con sólo cinco años, solía jugar en el taller de su padre, hasta que una tarde por un descuido se clavó un punzón en el ojo. Aunque el médico de la localidad trató de curarlo, la herida se infectó rápidamente, con tan mala suerte que Braille perdió el otro ojo también como consecuencia de una enfermedad autoinmune, conocida como oftalmopatía simpática. Como resultado, el pequeño Louis perdió la visión.

Las gentes de Coupvray, ciudad natal de aquel joven ciego, se sorprendían al verle realizar grandes esfuerzos para continuar estudiando, a pesar de los problemas de ceguera que sufría. Braille sin duda es un ejemplo a seguir, ya que aunque lo tenía todo en contra (salvo el apoyo familiar enorme que tenía), consiguió una beca para seguir formándose en París, en concreto en el Instituto Nacional para Jóvenes Ciegos, donde luego ejercería como docente.

Con solo 15 años, Louis Braille ideó el sistema de lectura y escritura táctil que llevaría su nombre. Aunque al principio concibió este código con ocho puntos, finalmente consideró que era más sencillo trabajar y comunicarse a través de un sistema que sólo usara seis, como sigue siendo actualmente.

Braille

¿Cómo se inventó el chicle?

Acabamos nuestro recopilatorio de hoy con una invención curiosa. Quizás no sea la innovación que revolucionó la tecnología, pero es muy probable que no podamos imaginar nuestra infancia (ni tampoco nuestra época adulta) sin pensar en mascar chicle. ¿Y quién fue el responsable de su desarrollo?

Fue Horatio Adams, un norteamericano que con sólo dieciséis años ayudó a su padre y hermano a desarrollar las primeras formas comerciales del chicle actual. Lo que mascamos es en realidad un polímero con apariencia de goma, que se obtiene a partir de la savia del árbol Manilkara zapota. 

Debido a su sabor dulce y aromático, está documentado su consumo por parte de pueblos de la antigüedad. Por ello, el invento del joven Adams no fue en realidad tal, sino que aquel adolescente fue responsable principalmente de su industrialización. Pero conocer cómo se inventó el chicle también supone saber parte de la historia de Estados Unidos y México, o al menos de dos de sus ciudadanos y sus diferentes aventuras.

Antonio López de Santa Anna fue un político y militar mexicano, que llegó a ser dictador de aquél país. Tras una revolución que le llevaría a abandonarlo, se exilió a Estados Unidos donde pidió que le enviaran un cargamento de chicle natural. Un conocido suyo, Thomas Adams, al ver el polímero pensó que podría ser un buen sustituto del caucho, debido a que este era un material muy caro para la época.

Aquella idea, sin embargo, no funcionó, porque la goma resultó ser demasiado blanda, por lo que Adams perdió una considerable cantidad de dinero. La afición del conocido mexicano por mascar este polímero hizo que el hijo del norteamericano, Horatio, sugiriera a su padre su uso como sustituto de la parafina, material que la gente mascaba por aquella época.

La idea de su hijo acabó en una patente concedida en 1872, que a la postre serviría para que el chicle se comercializara a través de la compañía Adams New York Chewing Gum a partir de 1888. Más adelante llegaría la introducción de diferentes sabores en la goma de mascar, y las distintas innovaciones que se irían desarrollando en este producto a lo largo de los años.

Aquel joven, que moriría a la edad de 102 años, nos enseñó que innovar no es sólo crear ideas o invenciones nuevas, sino también buscar formas diferentes de producir bienes o servicios. Horatio Adams hizo suya la frase del pintor Van Gogh, quien dijo aquello de  “¿qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo?”.

Horatio, con solo 16 años, no sólo tuvo el valor de intentar algo novedoso, sino también de disfrutar de que saliera bien. Cuatro ejemplos que nos demuestran que los emprendedores nacen y se hacen, ya que solo hace necesitan imaginación y ganas de cumplir sus sueños, como demuestran a diario los participantes en los programas de Talentum o Wayra.

Imágenes | Wikipedia, Wikipedia II, Flickr

Sobre el autor

Angela Bernardo

Licenciada en Biotecnología y Máster en Industria farmacéutica y biotecnológica. Especializada en comunicación científica. Más artículos del autor »