La desaparición del formato físico: tenemos todo y nada a la vez.

Comprar una película o un videojuego solía ser un acto tangible. Todos tenemos el recuerdo de ir a tu tienda de confianza, comprar ese juego que llevabas pensando en comprar toda la semana, llegar a casa, romper el precinto y colocar un disco en la consola o el reproductor. Ese objeto material formaba parte de una biblioteca propia, ajena a los vaivenes de internet o al cierre de servidores corporativos.

Esta realidad ha cambiado drásticamente en los últimos años. Lo que hoy se adquiere no es la propiedad de un bien, sino una licencia de uso limitada y revocable que depende de la persistencia técnica del servicio en línea del distribuidor. La transición hacia lo digital ha priorizado la comodidad y el acceso inmediato, dejando atrás el derecho de propiedad sobre los contenidos que se consumen. Haciendo que el consumidor dependa de las decisiones de las empresas, con el riesgo de perder su entretenimiento cuando estas determinen que no les merece la pena continuar dándole respaldo.

Pese a que últimamente se estén popularizando movimientos como «Stop killing games» para tratar de asegurar nuestros derechos como clientes, el formato físico está cada vez mas en peligro de extinción. Esto es un peligro mayor de lo que parece en una primera instancia porque, ¿Qué te asegura que en uno, cinco o diez años, tu biblioteca digital siga ahí?

El cine y el streaming: una tregua en las estanterías

Las plataformas de vídeo bajo demanda asestaron el primer gran golpe al disco. La llegada de catálogos infinitos a un par de clics de distancia convirtió la compra/alquiler semanal de películas y series en una rareza para el usuario medio. Sin embargo, en la industria audiovisual, la situación se ha estabilizado de una forma bastante particular.

Las ventas de películas físicas han caído con fuerza en la última década, pero ambos formatos han aprendido a convivir. El disco óptico simplemente pasó de ser un artículo de consumo general a convertirse en un producto de nicho. Hoy en día, los coleccionistas y los entusiastas del cine en casa mantienen vivo el mercado de los Blu-ray y las ediciones en 4K. Lo hacen por una razón técnica y práctica: buscan una calidad de imagen y sonido sin compresión, ajena a los caprichos de la conexión a internet y a las licencias que entran y salen constantemente de los catálogos de streaming. El cine físico ya no domina el mercado, pero mantiene un refugio estable para quienes quieren garantizar que su película favorita siempre estará ahí cuando pulsen el botón de reproducir.

La lenta agonía del disco y el cartucho

El mercado de ordenadores fue el primero en dar el salto. Hace ya más de una década que el PC abandonó por completo el formato físico, canalizando prácticamente todas sus ventas a través de plataformas de distribución puramente digitales como Steam. En el terreno de las consolas, el cambio ha tardado un poco más en llegar, pero ha seguido exactamente el mismo camino.

Microsoft lleva años diseñando su estrategia alrededor de las descargas y de su servicio de suscripción, Xbox Game Pass. Esta decisión ha provocado que las ventas de juegos físicos de la marca se hayan reducido a cuotas totalmente residuales en los últimos ejercicios.

Incluso en el ecosistema de Nintendo, que parecía la última esperanza de los juegos tangibles gracias a los cartuchos de Switch, la realidad es distinta. Los juegos modernos ocupan mucho espacio y fabricar tarjetas de memoria de 64 GB es caro. Para ahorrarse ese coste, las editoras están llenando las tiendas de «Game-Key Cards». Compras la caja de plástico vacía y dentro solo te encuentras un código de descarga. Otras veces te venden el cartucho, pero te obligan a descargar una actualización masiva obligatoria el primer día, lo que destruye el propósito de tener el juego en formato físico.

Esta transición forzada está asfixiando a las tiendas de toda la vida. En el Reino Unido, la histórica cadena GAME tuvo que cerrar sus últimas tiendas independientes a principios de 2026. En España, para que los números cuadren, las tiendas especializadas han tenido que reducir drásticamente el espacio dedicado a los videojuegos para poder vender otros productos. Las cifras confirman este hundimiento: en Estados Unidos, el gasto en copias físicas tocó en 2025 su punto más bajo de los últimos treinta años, y en España, el formato físico retrocedió un 18,1% en 2024.

El paso final: PlayStation y la barrera de los mil euros

El pasado 1 de julio, Sony dio la estocada definitiva. PlayStation anunció de manera irrevocable que a partir de enero de 2028 dejará de fabricar juegos en disco. Esto afecta tanto a sus propias producciones como a los títulos de terceros. Al desmantelar sus líneas de fabricación óptica, la compañía no solo elimina costes logísticos, sino que fuerza a toda la industria a pasar por el embudo de la PlayStation Store. Allí, la marca retiene un porcentaje fijo de cada transacción. Es un movimiento claro para consolidar un ecosistema comercial cerrado y hacerle competencia directa a gigantes como Steam en la gestión de bibliotecas digitales.

Resulta bastante contradictorio pensar en comprar una consola tradicional de sobremesa y no tener una ranura para meter un juego. Las previsiones sobre la futura PlayStation 6 ya delimitan que la máquina carecerá de un lector de discos integrado en su modelo de serie. Nuevas filtraciones sobre la siguiente generación de XBOX ya prácticamente aseguran que tampoco tendrá lector de discos. Básicamente, nos venderán cajas vacías que dependerán por completo de una conexión a internet para funcionar.

Además, con el estado del mercado de RAMs y GPUs, todo apunta a que la próxima generación de consolas romperá tranquilamente la barrera de los mil euros. Desembolsar esa cantidad por un dispositivo cerrado para acceder a un catálogo donde el consumidor no adquiere la propiedad de ningún juego. Aceptamos pagar precios de lujo para perder por completo el control de lo que compramos.

El precio real de la comodidad

El formato físico no desaparecerá de la noche a la mañana, pero ha quedado relegado a un nicho de coleccionistas dispuestos a asumir un sobrecoste económico a cambio de mantener la propiedad real de su biblioteca. La inmediatez de la descarga digital ha ganado la partida. El problema es que hemos aceptado las reglas de este nuevo tablero sin detenernos a leer la letra pequeña.

Ya no construimos estanterías con nuestras obras favoritas, simplemente pagamos por una licencia de uso temporal y revocable. Todo el ecosistema depende de que a un puñado de corporaciones les siga resultando rentable mantener sus servidores de validación encendidos. Si la legislación no evoluciona para proteger los derechos del consumidor frente a esta obsolescencia digital, corremos el riesgo de que nuestro entretenimiento desaparezca de un plumazo en el momento en que las empresas decidan desenchufar los cables. La comodidad era el cebo. El precio real ha sido entregarles la llave de nuestra propia biblioteca.


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