Shrilk, la alternativa natural y biodegradable al plástico

Desde que el ser humano supo que el plástico tenía los días contados, ha buscado alternativas que puedan ser viables, fáciles de fabricar y, a poder ser, biodegradables, es decir, que no permanezcan tanto tiempo en la naturaleza como lo hacen los residuos plásticos. Y entre esas alternativas, una de las que llamó la atención se conoce con el nombre de shrilk. Un juego de palabras que une sus dos principales ingredientes, shrimp y silk: gamba y seda.

En realidad, los ingredientes que hacen posible este material son el chitosán o quitosano, un biopolímero que se encuentra en las cáscaras de crustáceos como las gambas, los cangrejos, las langostas pero también en insectos. El segundo ingrediente es la fibroína, una proteína también de origen animal que encontramos en artrópodos como el gusano de seda o las arañas. De ahí el nombre, shrilk, que en inglés une los dos orígenes animales de este nuevo material.

¿Y qué ofrece el shrilk frente al plástico? En primer lugar, es biodegradable. A una escala mucho menor que el plástico, que permanece en la naturaleza durante demasiado tiempo, como estamos descubriendo en los últimos años. Pero lo importante para su uso práctico es que se trata de un material que a la vez es maleable e increíblemente robusto. Hay quien lo compara al aluminio y hay quien que incluso lo equipara a materiales de muy reciente creación como el prometedor grafeno.

El bioplástico shrilk se fabrica con materiales presentes en crustáceos y artrópodos

Un material natural creado en laboratorio

Para hablar del shrilk tenemos que volver la vista atrás. A finales de 2011 se dio a conocer una alternativa al plástico que ofrecía maleabilidad, resistencia y otras ventajas similares al plástico pero sin sus inconvenientes. Además estaba fabricado con materiales disponibles en la naturaleza en abundancia. La cáscara de crustáceos y artrópodos. Y detrás del invento estaba una institución de renombre, la Universidad de Harvard, a través del Instituto Wyss de Ingeniería Inspirada en la Biología.

Y entre los investigadores que dieron con este nuevo material destaca Javier Gómez Fernández (Javier Fernández en algunos medios), que ya había trabajado con el chitosán durante su doctorado en la Universidad de Barcelona. En la presentación del shrilk, destacó el origen natural de este nuevo material, frente al origen sintético del plástico. Una vuelta a los orígenes del ser humano pero empleando tecnologías punteras como la nanotecnología o la microelectrónica.

Este bioplástico puede utilizarse para fabricar objetos sin causar daños al medio ambiente como los plásticos sintéticos tradicionales, y se biodegrada rápidamente en el compost, liberando abono nutritivo rico en nitrógeno. El shrilk puede ser útil para crear espumas, películas y soportes implantables para cierres quirúrgicos, curación de heridas, ingeniería de tejidos y aplicaciones de medicina regenerativa, ya que tanto el quitosano como la fibroína se emplean para estos usos.

El shrilk también se emplea en la industria del empaquetado, por ejemplo para el transporte y venta de agua embotellada, y en la industria de la automoción para producir componentes resistentes a altas temperaturas con resistencia a la abrasión, resistencia química y otras propiedades. En resumen, decenas de empresas se dedican a su fabricación y exportación por todo el mundo. Esperemos que en el futuro sirva para sustituir definitivamente el plástico sintético y así fabricar objetos respetuosos con el medio ambiente.

FLAM, el sucesor del shrilk

Mientras el shrilk sigue su camino de éxito, como hemos visto, su principal creador continúa buscando alternativas sostenibles al plástico y a otros materiales. Javier Gómez Fernández trabaja en la actualidad como investigador en la Universidad de Tecnología y Diseño de Singapur (SUTD) después de sus investigaciones en Harvard y, posteriormente, en el MIT. Precisamente, en Singapur fue donde dio con otro material interesante.

En 2016, junto al profesor griego Stylianos Dritsas, dio a conocer el FLAM, un bioplástico creado con dos ingredientes principales: quitina y celulosa. En palabras del propio investigador, “dos de los materiales orgánicos más abundantes del planeta”. Y para crear piezas de FLAM se puede emplear tecnología hoy ya implementada en multitud de ámbitos como es la impresión 3D. Precisamente, el uso de impresora 3D para dar forma al FLAM hizo que ganaran un premio en el Formnext de 2018, un evento europeo de impresión 3D.

Y en el verano de 2018 apareció publicado el nuevo material FLAM en la revista Nature. De ejemplo práctico pusieron la impresión de una pala de turbina. Impresión que llevó a cabo un brazo robótico que hace de impresora 3D. Por cierto. FLAM es el acrónimo de fungal-like adhesive materials. Es decir, materiales adhesivos similares a los hongos. Y quienes hablan bien de este nuevo bioplástico destaca su bajo coste de producción y la posibilidad de producir materiales a gran escala. Gracias a soluciones como la impresión 3D. Dos tecnologías unidas por un bien común: crear materiales que puedan volver a integrarse en la naturaleza una vez hayan cumplido su cometido.

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