El mundo genera cada año más de 60 millones de toneladas de residuos electrónicos, según Naciones Unidas, y solo una cuarta parte se recicla de forma adecuada. Es un problema que crece al mismo ritmo que la digitalización, y en el que las operadoras de telecomunicaciones tienen un papel directo: routers, descodificadores y móviles forman parte del día a día de millones de hogares. Telefónica lleva desde 2021 trabajando en un plan de economía circular con un objetivo claro para 2030, «Residuo Cero«, y en 2025 ha dado uno de sus avances más significativos: reutilizó o recicló el 95% de los residuos que generó.
Cuatro millones de aparatos, dos destinos distintos
Cuando dejas de usar el router de casa o cambias de móvil, ese aparato no desaparece: entra en un proceso que decide si vuelve a servir a otra persona o si se convierte en materia prima para fabricar algo nuevo. Telefónica ha aplicado ese proceso a más de 4 millones de equipos durante 2025, procedentes de clientes, de sus propias operaciones y de sus oficinas. La gran mayoría, un 75%, se ha reutilizado tal cual, después de pasar por procesos de limpieza, revisión y, si hace falta, reparación. El 25% restante ya no daba para más como aparato completo, así que se ha desmontado para recuperar sus materiales: plástico, metales, componentes electrónicos que sirven para fabricar equipos nuevos.
De esos 4 millones, 3 millones son routers y descodificadores, los aparatos que la compañía instala en cada hogar. Cuando uno de esos equipos vuelve a Telefónica, pasa por un centro donde se revisa pieza a pieza: se comprueba que funciona, se actualiza si hace falta y se limpia a fondo. Solo si no pasa ese control se separa para reciclaje. El resultado es que un mismo router puede terminar sirviendo a dos o tres clientes distintos a lo largo de su vida, en lugar de fabricarse uno nuevo cada vez.
El proceso no se limita a lo que hay en el salón. La compañía también recupera equipos de red, la infraestructura que sostiene la conexión aunque el cliente nunca llegue a verla, y móviles, que suelen ser los aparatos que más tiempo pasan olvidados en un cajón antes de que alguien decida qué hacer con ellos. En ambos casos el objetivo es el mismo: alargar la vida útil de cada equipo todo lo posible antes de pensar en reciclarlo.

El plan que hay detrás: camino a «Residuo Cero» en 2030
Este esfuerzo no nace de la noticia de 2025. Telefónica presentó su plan de economía circular en 2021, alineado con la estrategia que la GSMA, la asociación que agrupa a las operadoras a nivel mundial, había marcado para todo el sector. La meta final es sencilla de enunciar y difícil de cumplir: que en 2030 el cien por cien de los residuos de la compañía se reutilice o se recicle, sin que nada acabe incinerado ni en un vertedero. Para llegar hasta ahí, Telefónica ha ido fijando metas intermedias que sirven de termómetro del avance real, año a año.
Una de esas metas intermedias era reacondicionar y reutilizar el 90% de los routers y descodificadores recogidos de clientes en 2024. La compañía cerró ese año en el 91,4%, por encima del objetivo. Para que esto funcione a la escala de millones de aparatos al año, Telefónica usa herramientas digitales internas que rastrean cada equipo: dónde está, si se puede reutilizar y a qué cliente se le puede asignar después. Sin ese tipo de sistema, sería imposible gestionar un volumen así de equipos a mano.
El dato de 2025, ese 95% de residuos reutilizados o reciclados, encaja en esta trayectoria como un paso más, no como un pico aislado. Es una cifra que se sitúa en la línea de lo conseguido en años anteriores y que confirma que el modelo funciona de forma sostenida, no solo puntual.
Un problema que va mucho más allá de una compañía
Que Telefónica dedique tantos recursos a este proceso tiene sentido si se mira el problema al que responde. Los 60 millones de toneladas de residuos electrónicos que se generan cada año en el mundo equivalen, según Naciones Unidas, a unos 8 kilos por persona, y la cifra no deja de crecer: se calcula que en 2030 podría rozar los 80 millones de toneladas. La parte más preocupante no es solo cuánto se genera, sino cuánto se gestiona bien: apenas una cuarta parte de ese volumen se recoge y recicla siguiendo procesos seguros para las personas y el medioambiente. El resto se pierde por el camino, muchas veces en circuitos informales donde ni se aprovechan los materiales ni se controla su impacto.

Dentro de ese problema, los aparatos de conectividad (móviles, routers, módems) tienen un peso propio. Son productos que se renuevan con frecuencia, que casi siempre siguen funcionando cuando se sustituyen y que, sin embargo, rara vez se piensan como algo reutilizable por defecto. Ahí es donde entra el papel de una operadora como Telefónica: al ser quien instala y retira estos equipos, tiene una oportunidad que no tiene un fabricante cualquiera, la de intervenir directamente en ese momento en el que el aparato deja de usarse y decidir qué pasa con él después.
Un compromiso que también se construye en colaboración
La circularidad no es un asunto que Telefónica resuelva en solitario. Forma parte de la estrategia que la GSMA, la asociación que agrupa a las operadoras de telecomunicaciones a nivel mundial, ha marcado para todo el sector, con objetivos comunes de reutilización y reciclaje de equipos de red.
Telefónica ha sido además una de las compañías impulsoras de Eco Rating, una etiqueta que funciona de forma parecida a la que llevan los electrodomésticos con su consumo energético, pero aplicada a los móviles. Cada modelo recibe una puntuación que tiene en cuenta cinco aspectos: cuánto dura, si se puede reparar, si sus materiales se pueden reciclar, cuánta energía necesita fabricarlo y cuántos recursos consume a lo largo de su vida. Con ese número, cualquier persona puede comparar dos móviles antes de comprarlos igual que compararía su consumo eléctrico, algo que hasta hace poco era prácticamente imposible de saber. La etiqueta ya se aplica en más de 35 países.
Este tipo de estándares compartidos tiene un motivo claro: la huella ambiental de una operadora no depende solo de cuánta electricidad consumen sus redes, sino también de cuántos aparatos nuevos hace falta fabricar cada año para mantenerlas funcionando. Trabajar con criterios comunes y comparables entre operadoras facilita que ese esfuerzo se pueda medir y verificar, en lugar de quedarse en una declaración de intenciones de cada compañía por separado.
Un objetivo que se construye año a año
Lo que deja claro el dato de 2025 es que la economía circular ha dejado de ser una declaración de intenciones para convertirse en un proceso con cifras que se pueden medir y comparar de un año a otro. Todavía quedan cuatro años para 2030 y el objetivo final, el cien por cien de los residuos reutilizados o reciclados, es exigente. Pero si algo demuestra este último balance es que el camino hacia el residuo cero no se construye con un anuncio puntual, sino con la suma de millones de pequeñas decisiones: un router que se revisa en lugar de tirarse, un móvil que vuelve a encenderse en otras manos, un material que se recupera en lugar de perderse.
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