Cuando el calor apaga la IA: el reto climático de los centros de datos

Cada vez hace más calor, y cada vez usamos más inteligencia artificial. Son dos tendencias que avanzan en paralelo desde hace años, pero pocas veces se piensa en qué pasa cuando chocan entre sí. La IA vive dentro de máquinas que necesitan estar frías para funcionar, y el planeta se está calentando justo cuando esas máquinas más se multiplican. Cuando el calor exterior supera lo que esas máquinas pueden soportar, el problema deja de ser una previsión a futuro: en julio de 2022, con 40 grados en Londres, los sistemas de refrigeración de varios centros de datos dejaron de aguantar y Google y Oracle tuvieron que apagar servidores para evitar daños permanentes. Sus servicios en la nube cayeron durante horas, y ese episodio, lejos de ser una excepción, anticipó un problema que hoy se repite cada verano.

Por qué el calor castiga tanto a los servidores de IA

El problema no es solo que haga más calor fuera. Es que dentro de los centros de datos, los propios chips de IA generan un calor que el hardware convencional nunca tuvo que soportar. Un rack tradicional produce entre 5 y 10 kilovatios. Uno dedicado a entrenar modelos de IA puede superar los 100. Cuando esas tarjetas gráficas se calientan demasiado, no fallan de golpe: se protegen bajando su propio rendimiento, y con el tiempo envejecen más rápido de lo que deberían. Un componente que a temperatura normal aguantaría años puede quedar obsoleto en la mitad de tiempo si trabaja siempre al límite.

A ese calor interno se suma el de fuera. En España pasamos de tres días de ola de calor al año de media en los años setenta a veintidós en la última década, según AEMET, y en junio de 2026 el país vivió la ola de calor de junio más intensa desde que hay registros. El momento no podría ser peor: la refrigeración ya consume alrededor del 40% de la energía de un centro de datos, y esas mismas olas de calor saturan la red eléctrica con el aire acondicionado de millones de hogares, justo cuando menos margen hay para dar.

El coste energético y de agua que se esconde detrás

Mantener fríos los servidores no sale gratis. Cada vez que se entrena o se consulta un modelo de IA, detrás hay electricidad para procesar y electricidad para refrigerar, y esa segunda factura crece casi tan rápido como la primera. Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos consumieron en 2024 unos 415 teravatios hora, más que el consumo eléctrico anual de países como Polonia o Argentina, y la previsión es que esa cifra se duplique antes de 2030.

El agua funciona de forma parecida. Muchos sistemas de refrigeración todavía dependen de ella para disipar el calor, y algunas instalaciones llegan a consumir en un solo año lo mismo que abastecería a toda una ciudad durante varios días: el centro que Google tiene en Iowa, por ejemplo, usó en 2024 agua suficiente para cubrir el consumo residencial de todo el estado durante cinco días. Es un consumo que hasta hace poco pasaba desapercibido, pero que ha empezado a formar parte del debate público allí donde se instalan estos centros.

Cuando la red no aguanta

Este verano ha dejado ya avisos de lo que puede pasar cuando el calor y la demanda eléctrica chocan al mismo tiempo. A finales de junio de 2026, una ola de calor en Francia dejó sin luz a casi 70.000 hogares en Bretaña. El motivo fue un transformador, la pieza que adapta la electricidad de alta tensión para que pueda llegar a las casas: con el calor extremo, estos equipos se recalientan más de lo normal y pierden capacidad para disipar ese calor, hasta que terminan fallando.

En Estados Unidos, el problema fue distinto: no faltó un componente, faltó margen. Con millones de aparatos de aire acondicionado encendidos a la vez, la red eléctrica del este del país se acercó a su límite de capacidad. El Departamento de Energía autorizó entonces, el 30 de junio, a pedir a los centros de datos que dejaran de tirar de la red y usaran sus propios generadores de respaldo para liberar electricidad y priorizar a los hogares.

Ese último caso resume bien el dilema: los mismos centros que dependen de la red para no colapsar por el calor son, a la vez, uno de los motivos por los que esa red está cada vez más al límite. Y no es un problema que afecte solo a quien tiene un centro de datos cerca. Cuando la demanda eléctrica aprieta, los precios de la luz suben para todos, y ya ha ocurrido en varios países europeos durante las olas de calor de este verano.

España, epicentro de la inversión y también de la tensión

Esa tensión eléctrica que estamos viendo este verano en Francia y Estados Unidos también llega a España, y no es casualidad. El país se ha convertido en uno de los destinos favoritos para construir centros de datos. En 2025 el sector invirtió aquí 4.927 millones de euros, más del doble que dos años antes. Los motivos son los de siempre: energía renovable barata y mucho suelo disponible. Madrid tiene la mayor parte de la capacidad instalada, pero Aragón es ahora el destino preferido para los grandes proyectos de IA. Amazon, por ejemplo, anunció allí una inversión de 33.700 millones de euros hasta 2035.

El problema es que este crecimiento choca con la misma red eléctrica que ya está al límite en otros países. Los primeros mapas publicados por el sector muestran que la mayoría de los puntos de conexión en España están saturados. Y hay otro recurso que también genera roces, cada vez más visibles: el agua. El proyecto de Meta en Talavera de la Reina quiere usar más de 600 millones de litros al año, y eso ha provocado protestas vecinales en una zona con riesgo de sequía. En Aragón ya se han celebrado las primeras manifestaciones contra estos centros.

Soluciones e innovación técnica: cómo se está enfriando el sector

Por suerte, el sector lleva tiempo buscando salidas. Una de las más extendidas es cambiar el sistema de refrigeración tradicional, que evapora agua al aire y la pierde para siempre, por circuitos cerrados de líquido que enfrían los chips sin apenas gastarla: el mismo líquido circula una y otra vez sin evaporarse. Algunos centros van un paso más allá y sumergen directamente los servidores en un líquido especial que no conduce electricidad. El resultado es que estas instalaciones gastan hasta un 90% menos de agua que las antiguas, y ya es lo habitual en los centros nuevos pensados para IA.

Pero la idea que más engancha es otra: en vez de tirar el calor sobrante, usarlo. En Dinamarca, un centro de datos calienta ya cerca de 11.000 casas a través de la red de calefacción de la ciudad. Lo que antes era simplemente un residuo, ahora calienta hogares.

En España, Telefónica tiene un buen ejemplo de esto en Alcalá de Henares, uno de los centros de datos más eficientes de Europa. Fue el primero del continente en lograr el sello de sostenibilidad más exigente del sector, y consigue enfriar sus servidores casi todo el año solo con aire de fuera. Toda su electricidad es renovable, algo que ha ayudado a la empresa a reducir sus emisiones en España más de un 80% desde 2015.Y la cosa no acaba en la refrigeración. En Alemania, Telefónica está probando un gemelo digital: una copia virtual de sus centros de datos que, con sensores, detecta dónde se está acumulando calor antes de que se convierta en un problema. Gracias a eso ha reducido entre un 15% y un 20% el gasto energético en enfriar, y la idea es llevar el sistema a otros países del grupo, España incluida.

El límite que la IA no puede ignorar

Ninguna de estas soluciones hace desaparecer el problema de raíz. La demanda de energía seguirá creciendo mientras la inteligencia artificial se expanda, y el calor seguirá poniendo a prueba unas infraestructuras que ya sostienen buena parte de la vida digital cotidiana. Lo que sí ha cambiado es que, por primera vez, la industria discute abiertamente cómo enfriarse sin agotar los recursos de las comunidades donde se instala. De cómo resuelva esa ecuación dependerá gran parte de su crecimiento futuro.


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