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La importancia de la memoria: somos lo que recordamos

La memoria ha sido considerada “la hermana pobre” de nuestras capacidades cognitivas, lo que es totalmente erróneo. No hay conocimiento, ni inteligencia, ni creatividad si no es sobre la base que construye nuestra memoria.

Decía La Rochefoucauld que: “todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia”. Es un gran error ignorar hasta qué punto ambas van de la mano, tanto cuando hablamos de personas como cuando hablamos de organizaciones. En este artículo, intentaré resumir algunas ideas básicas sobre memoria e inteligencia humana, de las muchas líneas de investigación en torno a estos temas que han explosionado en los últimos años.

Las empresas y organizaciones también tienen memoria e Inteligencia, encarnados en toda una serie de elementos técnicos y, por supuesto, en su entramado humano. La transformación digital, de la que tanto se habla, consiste en cambiar y ampliar significativamente el alcance y habilidades de esa inteligencia colectiva que consigue crear toda organización. Tal cosa, solo será posible si tenemos una idea clara de lo que significa para una empresa la memoria, la inteligencia, y cómo los humanos construyen ambas cosas. Pero eso vendrá en otro artículo. Ahora toca reflexionar un poco sobre nuestra mente y sus capacidades.

Metáforas del cerebro

Antonio Damasio, una de las figuras más destacadas de la neurociencia, publicó en 2010 un libro titulado: Y el cerebro creó al hombre. Aparte del enorme interés de cuanto cuenta en él, debemos agradecer al Doctor Damasio que resumiera en su título lo que ha sido durante siglos una constante en nuestra concepción de nosotros mismos: que nuestras capacidades intelectuales son la clave de lo que nos distingue como humanos.

Como consecuencia de ello, uno de los misterios que mayor interés suscita en el hombre de a pie, es comprender cómo funciona nuestro cerebro. Y para intentar explicarlo nos hemos servido siempre de metáforas, buscando en cada momento aquello que despertase mayor admiración. No es de extrañar que a lo largo de la historia el cerebro haya sido explicado, sucesivamente, como:

  • Un sistema automático, con diversas palancas y actuadores hidráulicos (Descartes, s. XVII).
  • Un telar encantado (Charles Sherrington, principios del siglo XX).
  • Una centralita telefónica (John Searle, años 50 del siglo XX).
  • Un ordenador (desde los años 60 del siglo XX).

Esta última metáfora ha resultado bastante persistente, dando lugar a lo que se llama la “Teoría Computacional de la Mente”. Según este modelo, el cerebro sería una especie de centro de control, aislado del mundo, que recibe información sobre este a través de los sentidos. La interpreta según ciertos modelos de representación y actuación, y genera respuestas en consecuencia.

Este modelo asume que el cerebro tiene como misión esencial el procesamiento de información, que se introduce desde el exterior, gracias a mecanismos especializados en traducir los estímulos externos a representaciones internas, comprensibles a nuestro cerebro y manipulables por él.

El modelo computacional de la mente asume que nuestro cerebro es un órgano procesador de información, con los mismos elementos funcionales que un ordenador. Imagen: Mª Teresa Herrero, con elementos de Adobe Stock.

Esta visión reduccionista y limitada del cerebro, como mero procesador de información, ha sido completamente abandonada por la neurociencia, pero sigue siendo muy popular, lamentablemente. A veces las metáforas son demasiado poderosas como para que desaparezcan del imaginario colectivo.

La memoria, base para interpretar nuestro mundo

Desde que nacemos empezamos a acumular conocimientos y experiencias sobre nuestro entorno. Ese aprendizaje nos dota de referencias con las que abordar cada nuevo paso y, sobre todo, para sobrevivir. Hay que recordar que una zona suele estar inundada, o dónde hay bayas (y cuándo) para alimentarse, son claves para un cazador-recolector. Recordar las relaciones de parentesco y amistad en el seno de un grupo de personas es esencial para desenvolvernos socialmente. Recordar cómo debemos nadar, construir un refugio o cuándo debe plantarse la cosecha, es vital.

Si definimos la inteligencia como el conjunto de habilidades que nos permiten adaptarnos al entorno, dominarlo y sobrevivir en él, la memoria es un componente básico. La memoria va construyendo un entramado de conocimientos que nos permite juzgar cada situación nueva a la que nos enfrentamos y decidir nuestras acciones. Cada vez que tropezamos con una situación, intentamos situarla en el marco de nuestros conocimientos. Y una vez dominada, viene engrosar cuanto sabemos del mundo.

A medida que nuestro mundo se volvía más sofisticado, los conocimientos necesarios para sobrevivir en él también evolucionaban. Por eso ahora identificamos la memoria con conocimientos abstractos, más que con los relacionados con necesidades básicas, como los que he mencionado anteriormente.

La memoria no es un mero almacén de bits, como podríamos ingenuamente pensar si nos dejamos llevar por el modelo computacional de la mente. Nuestro cerebro no apila datos, sin más. Nuestra memoria guarda información siempre en un contexto, engarzándola con el conocimiento previo, de manera que éste crezca con los nuevos elementos.

Imagen Mª Teresa Herrero.

Nunca debe desdeñarse la memoria como una habilidad menor. Por el contrario, es la base de nuestra inteligencia. Al ubicar cualquier nuevo elemento en el marco de los conocimientos previos, y relacionarlo con ellos estamos haciendo uso de toda la potencia de nuestras capacidades cognitivas, y construyendo la estructura de conocimientos con que analizaremos el futuro. Estamos construyendo, en definitiva, la base de nuestra inteligencia.

Veamos un ejemplo

Recientemente, he leído un libro titulado The Energetics of Computing in Life and Machines. Debo confesar que antes lo intenté dos veces y no conseguí pasar de la página 30, pero esta vez me he hecho con él. Tiene todo lo que uno puede desear: álgebra, física, biología, bioquímica, termodinámica, teoría de la información y, por supuesto, teoría de computación. Déjenme utilizarlo como ejemplo de lo que intento explicar, con ayuda de unos dibujos.

Lo primero que hemos de entender es que mi memoria ha guardado algunos datos importantes de lo que he leído. Pero en modo alguno guarda la relación textual de las palabras del libro, como sí hace un ordenador. Mientras que el ordenador apila bits que no comprende, los humanos engarzamos conocimientos nuevos en el entramado de nuestro saber, de manera cualitativa. La memoria sólo guarda aquello que puede poner en un contexto y al guardarlo enriquece y modifica su propia estructura. Por lo que, he intentado reflejar esto en las siguientes imágenes.

Lo primero que hemos de entender es que la memoria no apila los datos, como en una librería. No ha colocado este nuevo libro cuidadosamente entre los de su “familia”, como he hecho yo en mi mundo de papel y palabras escritas.

Mis estantes de libros de Complejidad, Biología, Termodinámica… Nunca acabo de ver cómo colocarlos. He marcado dónde he puesto (por ahora) mi nuevo libro.

Por el contrario, mi memoria ha ubicado los contenidos del libro en el marco de otros conocimientos y libros que había leído antes. Al hacerlo, ha podido aprovechar las relaciones con esos libros anteriores de cara a comprenderlo y, al mismo tiempo, ha engrosado los árboles con una nueva rama. No tenemos apenas idea de cómo se organiza nuestra memoria en el cerebro, pero quiero imaginarlo de esta manera:

Ubicando un nuevo libro en el bosque de los conocimientos previos.

Lamentablemente, los humanos solo vemos tres dimensiones y el papel nos condena a utilizar solo dos. Pero, es evidente que las interrelaciones entre estas ramas y hojas de distintos árboles son mucho más numerosas y enmarañadas. De un modo más general, el bosque de mi memoria en torno a estos temas podría pintarse así:

El bosque enmarañado de la memoria.

Y en medio de este bosque, cualquier conocimiento o experiencia nueva se analiza y se enmarca para su comprensión.

En ese bosque enmarañado ubicamos las nuevas experiencias y conocimientos, que modifican a su vez la estructura preexistente.

He escogido un puñado de “árboles” para el ejemplo. Pero es evidente que nuestra memoria se compone de muchos árboles distintos para diferentes tipos de habilidades. Reconocemos piezas musicales con escuchar unos compases, recordamos cómo montar en bicicleta, cómo picar unas verduras para la comida, el olor del cocido de nuestra casa, el canto de un pájaro que solo oímos en verano, etc.

Se distinguen muchos tipos de inteligencia: inteligencia emocional, inteligencia motora, inteligencia matemática, inteligencia lingüística, etc. Todas tienen su base en la memoria de los eventos, conceptos o experiencias asociados.

Es por ello que, cada persona tiene una forma totalmente particular de entender el mundo. Ese entramado de conocimientos memorizados con los que analizamos cada evento en nuestra vida, con que abordamos cada reto, es consecuencia de aquello que hemos aprendido. Y aprender es un proceso activo: aprendemos lo que nos despierta interés, porque es en lo que centramos el esfuerzo del cerebro por crear una estructura de conocimiento en nuestra memoria.

No hay nada más interesante que escuchar a una persona apasionada por algo, lo que sea. Nos contará cosas que casi nadie ve. Mi marido y mi hijo son apasionados de la Fórmula 1. Su memoria almacena carreras, pilotos, campeonatos, circuitos, infinidad de detalles técnicos sobre motores, suspensiones, neumáticos, etc., qué se yo. Cuando ven una carrera saben distinguir en seguida un error estratégico, predecir cuando cada coche entrará en boxes, o qué efecto tendrá en el resultado que salga un safety car. Yo solo veo coches dar vueltas por un circuito. De alguna forma, cada vez que ven una carrera nueva, la insertan en su particular bosque de memoria, que les da referentes para apreciar todos los detalles y, al mismo tiempo, se enriquece con un nuevo ejemplo.

El bosque enmarañado de la Fórmula 1.

Pero la memoria no sólo nos da referentes para interpretar lo que hay alrededor, es también una parte importantísima en nuestra capacidad para actuar sobre el mundo y modificarlo según nuestras necesidades.

La memoria, base para idear soluciones

¿Qué es la creatividad? Normalmente identificamos la creatividad con el arte o con la ciencia. Con la habilidad de construir algo novedoso, ya sea una fórmula, un procedimiento nuevo, una pieza musical o una pintura. Pero la creatividad es al mismo tiempo algo mucho más mundano y extendido: es la habilidad de dar con soluciones para los problemas con que tropezamos. Posiblemente, poco espectaculares, pero que constituyen nuestro día a día. Trabajando en un sector, que en 25 años ha desplegado 4 generaciones de redes móviles distintas, créanme, hay que resolver problemas nuevos todos los días.

En La paradoja de la Sabiduría, de Elkhonon Goldberg, explica lo importante que es la creatividad en todo tipo de tareas, y cómo esta es significativa en personas de avanzada edad. No nos engañemos, de cara al esfuerzo intelectual, nuestro cerebro tiene su mejor momento entre los 20 y los 30 años. Luego nuestra capacidad de concentración y de razonamiento empieza a perder agilidad. No obstante, muchos científicos, artistas e ingenieros dan lo mejor de sí por encima de estos años. En general, los humanos en cualquier campo damos lo mejor de nosotros a edades avanzadas. Es lo que Goldberg denomina la «paradoja de la sabiduría».

La clave de esta paradoja radica en la creatividad. En esencia, la habilidad de generar nuevas ideas y soluciones se basa en detectar relaciones entre conceptos que nadie antes había pensado que podrían existir. Al hacernos mayores contamos con un montón de modelos con los que analizar problemas y una extraordinaria capacidad para reconocer patrones. A partir de ello, podemos detectar rápidamente detalles que pasan inadvertidos a quienes no cuentan con esos modelos mentales.

La creatividad se basa en la memoria

Cuando nos enfrentamos a un problema nuevo es como cuando tenemos que arreglar algo en casa. Imaginen que se rompe el interruptor de una lámpara, como me ocurrió hace poco. Tomé la lámpara, la caja de herramientas, y de la caja elegí unos destornilladores, unos alicates de corte y un interruptor de repuesto que teníamos guardado. Lo puse todo encima de una mesa, junto con un flexo, para tener buena luz, y lo arreglé.

No suena muy creativo, ni muy espectacular. Pero usemos ahora una nueva metáfora. La mesa viene a ser muestra “memoria de trabajo”, a la que traemos virtualmente todas las herramientas que tenemos cada vez que hemos de afrontar un problema. Vamos a la caja de herramientas, que es nuestra memoria, y repescamos todo lo que pueda tener relación con el problema que tenemos entre manos. Cuanto más rica sea nuestra memoria y mayor la habilidad para identificar relaciones entre lo que nos ocupa y otros problemas que resolvimos en el pasado, Más probabilidades tendremos de salir airosos. Todos hemos hecho alguna vez lo de “no tengo un martillo, pero esta llave inglesa pesa mucho, puedo usarla para clavar este clavito”. No lo intenten con un clavo grande, claro.

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Imagen Unsplash

Lo que quiero decir es que el destornillador que está en las estanterías de la supertienda de bricolaje, en lugar de estar en mi casa, no me sirve de nada. El hecho de que la tienda está a diez minutos andando sirve a muchos para decir “ya iré a comprar un destornillador cuando me haga falta”, y no tenerlo. Pero lo cierto es que cuando tienes que arreglar la lámpara lo que acaba ocurriendo es que no tienes destornillador, ni te vas a comprarlo. La lámpara se queda sin arreglar.

De igual modo, los conocimientos que no queremos memorizar “porque está todo en Internet” son herramientas que no tenemos, datos que no forman parte de nuestro acerbo de patrones con que analizar el mundo. Conceptos que nunca podremos utilizar para construir algo nuevo.

Una búsqueda explícita en Internet nos da respuestas en ocasiones, pero sólo de aquello que buscamos. Y no buscaremos lo que no sabemos que existe. Si has encontrado lo que necesitabas con una simple búsqueda en internet, es que tu problema era trivial.

Volvamos al ejemplo de la Fórmula 1. Yo puedo leerme varios posts de blogueros sobre la Fórmula 1 y ver un puñado de vídeos. Y, con ello, puedo ver una carrera y entender algo. Pero nunca podré llegar a comprender los matices infinitos que descubren cada minuto quienes han pasado cientos de horas aprendiendo sobre ese tema. No podré extraer conclusiones de cómo se parece lo que veo en la carrera a lo que ocurrió cuando corría otro piloto en ese mismo circuito y comenzó la lluvia, por ejemplo.

El conocimiento profundo del especialista se nutre de multitud de detalles implícitos, que están en nuestra memoria, pero de los que ni siquiera somos conscientes. Esa caja de herramientas lista para ayudarnos con problemas nuevos.

La memoria, base de las habilidades sociales

Ya he mencionado de pasada que, siendo el hombre un animal social, mantener un claro esquema de las relaciones entre las personas de un grupo es una habilidad fundamental, por no hablar de la capacidad de reconocerlas. Pero necesitamos muchos más ingredientes para desenvolvernos en sociedad, donde nuestra memoria juega un gran papel. 

Una de las cosas más divertidas de juntarnos con amigos es el rato dedicado a hablar de fútbol. Normalmente, de partidos que vieron hace muchos años. A veces, estando juntos. Yo no recuerdo nada, claro. El fútbol no me ha apasionado nunca y en la memorización es una parte muy importante la atención y la motivación.

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Imagen Unsplash

Cada vez que mis amigos rememoran un gol espectacular que vieron hace 30 años o mi amigo José Manuel narra el primer partido de Magic Johnson de memoria, bromeamos sobre la cantidad de neuronas que emplean los hombres en cosas irrelevantes. Pero en mi fuero interno, me siento maravillada de cómo nuestra memoria crea una estructura increíble en la que caben tantísimas cosas. No desdeñemos los conocimientos de deportes. La inteligencia es la habilidad de adaptarse al mundo: esos conocimientos hacen disfrutar de buenos momentos y facilitan largas y apasionantes conversaciones. Para la supervivencia del hombre como ser social tales cosas son muy importantes.

En suma, necesitamos de nuestra memoria para todo cuanto hacemos. La memoria es la herramienta fundamental de nuestra inteligencia. Esa habilidad que nos permite adaptarnos al mundo y adaptar el mundo a nuestras necesidades. Es muy importante ejercitarla y desarrollarla. Ya se trate de una fórmula matemática, de dónde está ubicado un río importante, o de aquel penalti imposible de fallar, no cometamos el error de menoscabar su importancia.

Lo que somos, la forma en que vemos el mundo, la manera en que respondemos al entorno, viene definido por nuestros recuerdos y conocimientos, y la riqueza de la estructura que hemos creado al almacenarlos.

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