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El reto de educar a una adolescente a través de la tecnología

Hace 4 años vivíamos mi marido y yo solos en nuestra casa, pero desde hace 3 años somos padres de una adolescente. En marzo del 2019, tras 20 años de pareja y 7 casados legalmente, decidimos dar el paso y convertirnos en familia de acogida. Un año más tarde recibimos una llamada telefónica en la que nos decían que había una niña africana de casi 14 años que podría encajar con nosotros. Días después de decir un “SÍ” rotundo a la Consejería de Familia, Juventud y Política Social se declaraba el estado de alarma en España debido a una pandemia que acechaba al mundo entero.

En ese momento todo cambió en el proceso de acogimiento y, de repente, nuestro primer contacto con la menor pasó del encuentro idílico lleno de abrazos y besos que nos hubiera gustado, a una triste y fría videollamada a través de Zoom donde apenas pudimos verla. Y ese es el comienzo de esta historia en la que dos cuarentones se ponen manos a la obra para convivir y educar a una adolescente que descubre todo lo que ofrece vivir en familia y tener toda tecnología al alcance de la mano.

¡Socorro, hay una adolescente en el salón con una tablet!

En septiembre del 2020 se formaliza el contrato de acogimiento y ella se traslada a nuestra casa. Todos los miedos que los padres van gestionando con sus hijos desde que son pequeños, a nosotros nos arrollaron como un tsunami en cuestión de días. ¿Y si la secuestran? ¿Y si decide fugarse? ¿Y si nos odia? ¿Cómo se educa a alguien? ¡Socorro! De repente estábamos conviviendo con una adolescente de 14 años con un móvil recién comprado, una tablet, un portátil, y mil preguntas. Ella pasó de compartir un ordenador de sobremesa con 10 niñas durante 7 años en una residencia gestionada durante mucho tiempo por religiosas, a tener en su poder barra libre de Internet, datos, dispositivos de todo tipo, y en un principio, con pocas normas de uso.

Tras una conversación con ella explicándole nuestros miedos acordamos instalar una aplicación en su telefóno que nos permitiría saber dónde se encuentra y el uso que hace de su móvil. Al menos, el miedo a que desapareciera se alivió parcialmente. Pero eso sólo era el principio.

Era vital para nosotros saber que todas estas herramientas que ahora estaban en sus manos no iban a impactar en sus estudios ni en sus horas de sueño. Y esa discusión llegó inevitablemente, porque un día ves que ha estado 3h en Tik Tok, y ella lo niega o busca excusas, y tú tienes que razonar y hacerle entender que eso no está bien y que, aunque no le guste la idea, vamos a seguir monitorizando las horas que pasa en cada dispositivo y en qué franjas. Porque también llega el momento en el que ves una mañana en tu reporte diario que te enviaba la app de su móvil que la noche anterior estuvo de madrugada charlando por WhatsApp. Y por la tarde toca de nuevo sentarse, debatirlo, e instaurar la norma de bloqueo de todas las apps de ocio a partir de determinada hora de la noche.

Tras un par de intentos de escaparse del control parental, sin éxito, finalmente claudicó, entendió que todo era por su bien y que llegar dormida a clase no le iba a traer nada bueno y que nuestro deber era preocuparnos por ese tipo de cosas. Así que la tablet, el móvil y el portátil comenzaron a tener su propia normativa de uso supervisada. Leímos en familia muchos artículos sobre la importancia de la luz azul en las horas de sueño, la adicción a las redes, o la pérdida de la noción del tiempo en este tipo de actividades.

¿Este vídeo de Tik Tok es divertido o está cargado de racismo, machismo y lgtbifobia?

Gracias a muchas horas de diálogo entre los tres llegó el momento de debatir acerca de los contenidos que ella consumía. Para nosotros fue un momento clave alinear los valores que queríamos inculcarle, las preguntas que queríamos que ella misma se hiciera y el algoritmo que ella no sabía que existía pero que se encargaba de mostrarle determinados contenidos, algunos de ellos, repletos de lgtbifobia, machismo o racismo. No es fácil explicar a una adolescente que ese vídeo de Tik Tok en el que salen dos adolescentes simulando ser una pareja homosexual para echarse unas risas fomenta la lgtbifobia; o explicar que ese otro vídeo de carnavales en el que un grupo de gente aparece con la cara pintada de negro, ataviados con un taparrabos y simulando comerse a un explorador es un acto de racismo.

Y no es sencillo explicarle que, si ve un vídeo así y lo guarda indignada en favoritos para mostrárselo a un amigo o a nosotros, el algoritmo va a entender que a ella le ha gustado mucho y le va a mostrar aún más contenidos similares. En algunas ocasiones lo que separa la risa fácil del bullying es un like o dos reproducciones seguidas, y el cortar esos contenidos de raíz es algo que consideramos que debía identificar rápidamente. Enseñarle a denunciar y a bloquear ha sido un trabajo delicado porque a menudo significa no poder disfrutar del meme del que hablan todas sus amigas, pero los contenidos que ahora ve en distintas redes empiezan a ser más afines a cosas que le gustan y ella puede tener una relación más sana con las redes sociales.

Imagen de Brand Factory.

Cuando comienza a ver series de adultos

Por suerte para todo el mundo, especialmente para una familia homoparental con una hija de acogida africana, cada vez los contenidos son más inclusivos y muestran realidades más diversas, pero ¿cómo se pasa de no conocer a ninguna persona del colectivo lgtbi a encontrarte a un personaje trans no binario en una serie? En ese momento llega la imperiosa necesidad de no sólo tener que saber tú como adulto las distintas identidades disidentes que existen, sino el saber explicárselo a una personita de 14 años. Y para ello tienes que sentarte y ver con tu hija esa serie de adolescentes que no te apetece mucho ver, pero que a ella sí, y además de compartir sus gustos te aseguras de que va a tener una fuente de información respetuosa e inclusiva y no va a recurrir a su chat de WhatsApp para preguntarle a sus amigas que por qué el personaje de la serie de moda de Movistar Plus+ o Netflix pide que no le llamen “él” sino “elle”.

Porque recordemos que la fuente principal de conocimiento en el caso de los adolescentes son otros adolescentes de su entorno, y la mayoría le iban a responder con algún chiste sobre los pronombres de las personas y ella se quedaría con la sensación de que la inclusión es motivo de mofa y nadie resolvería realmente su duda. Esto también pasa por utilizar mucho Google para deconstruir nuestro propio lenguaje y dar ejemplo, y para dar ejemplo hay que leer mucho acerca del lenguaje inclusivo para poder explicárselo y darle herramientas.

Yo ya lo sé todo, papá

Una de las cosas que nosotros ya sabíamos era que cuanto más amplios son tus horizontes y tu capacidad de empatía, más crítico te vuelves. Para cualquier adolescente de 14 años que se enfrenta al mundo puede ser fácil pensar que los adultos ya no tenemos más que aportar y que en base a dos reels y a cuatro Tik Toks ella ya tiene el fundamento suficiente para emitir un juicio de valor acerca de cualquier tema y que ya lo sabe todo. Nosotros tenemos que asumir que los casi 30 años que nos separan hacen que nos cueste entender que su generación necesita respuestas inmediatas porque viven en un mundo en el que prima la sobreestimulación y la sobreinformación y no pueden perder el tiempo en un sólo tema porque tienen cientos de temas esperando.

Y creo que ese es el Gran Reto, porque no es un reto al que tenga que enfrentarse ella, porque ya es parte de su día a día, sino que es un reto para nosotros como padres novatos, que tenemos que convencer a alguien de que muchas veces la realidad no es ni blanca ni negra sino relativa. Y que por mucho que ella tenga dos padres que le han hecho repensar todo el contenido que consume en redes y en la televisión, ella debe desarrollar un espíritu crítico que parta de la base de que no hay ninguna certeza que pueda obtenerse en la era de la tecnología, ya sea leyendo 140 caracteres o viendo un vídeo de 60 segundos, y que debe contrastar siempre todo lo que ve y, aun así, exponerse a ser víctima de un vídeo manipulado.

De hecho, si preguntas a la inteligencia artificial de ChatGPT “¿Cómo enseñar a tu hija a detectar fake news?” te contestará que debes enseñarle a verificar la fuente, a buscar información adicional sobre el tema, a descubrir lo que es un clickbait, a revisar las fechas y a diferenciar una noticia de un artículo de opinión. Y si la IA más avanzada del momento lo dice, yo ya duermo tranquilo porque muy equivocado no puedo estar ¿o sí?

Imagen de Brand Factory.

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